viernes, 24 de julio de 2009

LAS MENTIRAS DEL PODER


Teresa Carreón


La obcecación sobre la necesidad de mentir en los asuntos públicos por parte de quien ostenta el poder está tan arraigada, que obstruye la pertinente reclamación social de veracidad política.


La mendacidad, costumbre o hábito de mentir es una práctica tradicional entre los políticos de todo el orbe, que debería producir escozor y repulsión pero parece ser que en las sociedades como la nuestra, existe una alta tolerancia a la mentira.


Realmente todos mentimos. Pero hay quienes mienten con la conciencia de que se está cometiendo una falta y hay quienes lo hacen de tal manera que demuestran no tener conciencia de nada, porque si la tienen, son perversos hasta la médula. Así, mienten sin límites, alteran la verdad sin repulsión. El teólogo Hans Kung sostiene que la mentira “es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal”. Con ello, Kung no se refiere a las mentiras piadosas, ni a las falsedades efímeras, sino a la mentira sostenida, deliberada, voluntariamente planteada y poderosamente dañina. Se trata no nada más de una falsedad, sino de un armazón de mentiras para sostener a la inicial; como decía Martín Lutero “se requieren siete mentiras más, aparte de la primera, para acercarse ligeramente a un falseamiento óptimo de la verdad”.


El filósofo austriaco Aurel Kolnai, afirmó que la mendacidad “no es ni un mero acontecer de mentiras en un ser humano, ni aún menos una propensión a engañarse a sí mismo o a un decir mentiras ya patológico —que sería la mitomanía— sino una indiferencia interna respecto a lo verdadero y lo falso, a causa de la cual se miente uno incluso a sí mismo”.


La mendacidad se da cuando alguien dice algo completamente falso sin conmoverse internamente, resultado de una agresividad cobarde, que esconde actitudes sesgadas. Kolnai sostiene que el receptor de la mentira, al darse cuenta de la misma, siente repulsión ante esa simulación: le enerva esa sensación de cercanía ante algo contaminado por la falsedad voluntaria.


La mentira tiene buena prensa inducida por los poderosos con el fin de aumentarle seguidores de tal manera que los resultados sólo puedan disfrutarlos ellos. Los medios, analistas e intelectuales colaboran a su manera con la versión “oficial”.


La pregunta es si en nuestro país hemos perdido la capacidad de indignación y de asco, de repulsión positiva, ante la mendacidad y los seres humanos mendaces.

Las manifestaciones de los familiares de los niños quemados de Sonora, la espera de los familiares de las personas secuestradas y desaparecidas, los familiares de los que han perdido sus trabajos, los padres de los jóvenes que han quedado fuera de cualquier plantel universitario, los deudos de los muertos por la violencia, hasta quienes esperaron la construcción de una refinería en el estado de Hidalgo –la cual constituía una gran esperanza-, han reaccionado no solamente con asco, repulsión e indignación ante la maquinaria de mentiras de todo el aparato gubernamental.


Desde nuestra menguada actitud moral como receptores de las mentiras, la pregunta es ¿en qué nos estamos convirtiendo?


Mejor me voy con la música a otra parte con la canción “Mentiras” que tan elocuentemente interpretara Lupita D’Alessio: Mentiras, que me queman como fuego/ Mentiras / Que se clavan en mi pecho / Mentiras / Que me matan, que se ríen de mí…


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