jueves, 27 de noviembre de 2014

¿Por qué Ayotzinapa unió a todos?

Luciano Concheiro

¿Qué hizo que la desaparición de los 43 normalistas el pasado 26 de septiembre cohesionara a la sociedad mexicana y generara, literalmente, una acción global por Ayotzinapa? ¿Por qué esta causa ha logrado conjuntar a los más diversos sectores?¿Por qué los 43 normalistas desaparecidos lograron hacer marchar a personas que jamás lo habían hecho? ¿Qué fue lo que trastocó para que personajes como Dulce María o el “Chicharito” alzaran la voz y protestaran?
Existe una primera respuesta que resulta evidente: la atrocidad de los hechos. Sin embargo, lo cierto es que nuestro país lleva hundido en la más cruenta violencia al menos ocho años. Cientos de balaceras, descabezados, encajuelados y fosas clandestinas (simplemente entre marzo del 2011 y abril del 2013 la Secretaría de Defensa encontró 198 fosas, con un total de 466 cadáveres). ¿Por qué lo sucedido en Ayotzinapa logró que el grueso de la población se unificara bajo una misma causa, que marcharan millares al unísono, que se emprendieran paros activos no solamente la UNAM y la UAM, sino El Colegio de México y la Ibero?
¿Por qué no las fosas clandestinas de San Fernando, Tamaulipas, con decenas de muertos? ¿Por qué no los setenta y cuatro cuerpos hallados en La Barca, Jalisco? ¿O los cuarenta y nueve cuerpos encontrados en una fosa cercana a Cadereyta, Nuevo León, o los doce jóvenes secuestrados en el bar Heaven? ¿Por qué no la declaración de Santiago Meza López “El Pozolero del Teo”, quien confesó haber disuelto unos trescientos cuerpos en sosa cáustica? ¿Y por qué tampoco la fosa encontrada en Tuncingo, cerca de Acapulco, con los cadáveres de dieciocho turistas michoacanos que habían sido secuestrados días antes? ¿O los treinta y cinco cuerpos arrojados en Boca del Río, Veracruz, frente a un centro comercial o los cincuenta y cinco cuerpos hallados en el tiro de Mina La Concha, en Taxco? ¿Por qué sí Ayotzinapa?  Aventuro aquí cuarto ideas que espero sirvan para comenzar a construir una respuesta.
1. 
Sin duda, el elemento central que permite explicar lo que desencadenó lo sucedido en Ayotzinapa es el hecho de que para muchos, acaso para la mayoría, “fue el Estado”. Mientras que en el resto de los casos podía ser sencillo señalar como culpable al crimen organizado, la desaparición de los 43 normalistas evidenció que la situación que vive el país es producto de una crisis sistémica. Si bien esto se había venido repitiendo una y otra vez a lo largo de los últimos años, la tragedia del 26 de septiembre lo demostró con brutal inclemencia. Ayotzinapa nos enfrentó con que, para usar las certeras palabras de José Merino, se debe “de-componer y re-componer” el sistema en su conjunto.
2.
Siendo producto de una crisis sistémica, la desaparición de los normalistas impactó a la totalidad de partidos políticos. Esto hizo que el reclamo por lo sucedido desbordara las luchas partidistas y unificara a prácticamente toda la sociedad más allá de sus posibles discrepancias. La lucha se tuvo que establecer más allá de los partidos políticos. Para decirlo en claro: hoy lo que está en juego en las calles ya no es la elección entre una opción electoral u otra, sino la reconfiguración del Estado mismo.
3.
Las víctimas fueron jóvenes estudiantes. Toda muerte desgarra, pero no hay muerte que impacte más que la de aquellos que tienen la vida por delante. Esto es aún más evidente con los jóvenes estudiantes, quienes –en principio– son una radical posibilidad de ser.
4.
A lo sucedido ese ya histórico 26 de septiembre se le sumaron una serie de eventos que hicieron que se sintiera que el PRI actual no ha cambiado, que sigue siendo el mismo de siempre –el del 68, el 71, el 88 o el 94–. El perturbante “AyotizinapaN” de los comunicados de Peña Nieto, el escándalo alrededor de la “Casa de Blanca”, la frase “Ya me cansé” del procurador Jesús Murillo Karam, el “no es momento [de hablar de Ayotzinapa] venimos a disfrutar y recibir mi premio” de Sofía Castro, hijastra del presidente, llevaron a que la indignación ciudadana creciera exponencialmente.
Hay muchas preguntas sin respuesta sobre Ayotzinapa. El primer paso es enunciarlas. Esteban Illades comenzó haciéndolo. Yo me sumo, a sabiendas que las respuestas están lejos y que, hasta ahora, la única certeza que tenemos es que Ayotzinapa es un punto de quiebre entre otras cosas porque nos unió a todos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El ABC del fuego

Juan Villoro


viernes, 14 de noviembre de 2014

El 5 de junio de 2009, 49 niños perdieron la vida y 76 resultaron heridos en un incendio en la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora. Aunque se investigó a 19 funcionarios, no hubo sanciones.
El fuego se ha convertido en sinónimo de impunidad. El 7 de noviembre el procurador Jesús Murillo Karam anunció a los medios que, con toda probabilidad, los cuerpos de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos habían ardido en una pira infernal.
Poco después, en una marcha de solidaridad con las víctimas, un reducido grupo de “anarquistas” quemó la puerta de Palacio Nacional, que en forma inexplicable no se encontraba custodiada. Sólo un general vestido de civil se opuso a los desmanes. ¿Qué hacía ahí ese miembro de las Fuerzas Armadas? Las heridas que recibió en el rostro son señas de valentía, pero sorprende su acción solitaria y encubierta.
El miércoles 12, Día del Cartero, llegó otro mensaje de lumbre: el Congreso de Guerrero fue incendiado, como antes lo habían sido el Palacio de Gobierno y oficinas de algunos partidos políticos.
¿Qué comunica esta gramática del fuego? El país arde sin control alguno. El caso de la Guardería ABC revela que la atroz negligencia de los responsables es exonerada por la negligencia de la ley. También demuestra la incapacidad de dos gobiernos, el de Felipe Calderón y el de Enrique Peña Nieto, para enfrentar tragedias. La aniquilación producida por las llamas resulta irreparable, pero el Estado tiene la obligación de remediar lo que esté a su alcance en las cenizas. En Hermosillo no se fincaron responsabilidades, no se honró a las víctimas con tres días de luto nacional, no se apoyó cabalmente a las familias ni se lanzó una campaña para prevenir casos similares. Las autoridades apostaron a que el humo se disipara sin impartir lecciones.
Quienes perpetraron los asesinatos de Ayotzinapa quisieron usar el fuego para borrar sus crímenes. Ignoraban que nada se recuerda tanto como la lumbre: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día;/ [...mas] dejará la memoria en donde ardía”, escribe Quevedo.
La respuesta judicial no ha estado a la altura de la desesperación de la gente. Llama la atención la lentitud con que se dio a conocer el fatal desenlace. El procurador Jesús Murillo Karam confirmó el 7 de noviembre lo que el padre Alejandro Solalinde había dicho el 17 de octubre. El retraso en aportar datos decisivos contribuyó al clima de angustias, y las noticias de la mansión del Presidente y su viaje a China en un momento de alarma nacional acabaron por vulnerar la imagen de un mandatario que parece ajeno a todo lo que ocurra fuera de una pantalla de televisión.
No enfrentamos hogueras encendidas por accidente o la restringida pasión de unos pirómanos. El país entero se conjuga en llamas.
¿Qué pretenden quienes queman una estación de Metrobús, la puerta de Palacio Nacional o coches en un estacionamiento? No se trata de gestos políticos directos, sino de un vandalismo que busca una reacción política. ¿A quién le conviene que la gente tenga miedo de manifestarse y que se criminalice el descontento? Las flechas apuntan a los distintos mandos del gobierno.
Unos buscan borrar sus huellas con fuego y otros inventar responsables para el fuego. Las agresiones recibidas por militantes del PRD en diversos lugares del país y la hipótesis -que otras versiones ponen en duda- de que el alcalde de Iguala encontró refugio en la casa de un empresario cercano al partido del sol azteca buscan responsabilizar a la izquierda oficiosa de todos los desastres. Este acoso no sólo es antidemocrático sino innecesario: el PRD se desprestigia solo.
Al sembrar el fuego en medio de actos pacíficos se lanza una señal: “Puede haber algo peor que lo que ya tenemos, urge que el descontento se apague junto con las llamas”. Pero el país donde la muerte tiene permiso no puede resignarse de ese modo.
El gobierno es responsable de sancionar tanto a los criminales como a los provocadores que fingen discrepancia. También es responsable de que no se fabriquen culpables de esos hechos.
En 1982 la Cineteca Nacional ardió a causa de una explosión producida por el descuidado almacenamiento de las películas. En el momento de la tragedia, se exhibía un film de Andrzej Wajda cuyo título parecía profetizar la administración de Peña Nieto: La tierra de la gran promesa.
Érase una vez un país donde se festinaban las reformas y de pronto se oía un ruidito. No era el corcho de una botella de champaña, sino la primera señal del estallido.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Hay alguien ahí?

Salvador Camarena


10.11.2014

Lo que ocurrió el sábado en el Zócalo es una metáfora puntual de nuestra crisis. Miles de personas marchan y exigen, en completa calma y plenos derechos, justicia. Pero el protagonismo es de un puñado de violentos que arremete contra Palacio Nacional, desprotegido negligentemente. Borrachos de su éxito, al verse capaces de atacar la histórica sede, pues nada ni nadie los detiene, siguen así durante largos minutos. Un centenar de trogloditas corean la ocurrencia de los violentos: “Si quieres hacer algo útil tírate como Juan Escutia”, grita la masa a un soldado que mira atónito desde la azotea los caballazos a la puerta Mariana. Ante las bombas molotov, tímidas voces dicen “No a la violencia”. La autoridad, local y federal, es un lujo ausente. Los pacíficos huyen del lugar. Y sólo en una ventana de Palacio se aprecian sombras que manotean, como dando órdenes: echen agua, espuma, resistan… instrucciones que no pudieron impedir ni mitigar la barbarie que terminará por reventar el simbólico portón. Cuando el daño está hecho, llegan algunos granaderos y en cosa de minutos retoman el control.
Incapaz de hacer estrictamente lo debido, la Policía iniciará una venganza en las calles aledañas: buscan quién pague la puerta rota, qué más da si estuvo o no en el ataque.
¿Hay alguien ahí?
La suerte quiso que esa noche me equivocara de ruta. La concentración fue citada en la PGR a las 8:00 de la noche pero, confundidos, llegamos directo al Zócalo. Con la experiencia de otras marchas, pensé que no podríamos acercarnos en el taxi hasta la plancha. El taxista bajó sin problemas por 5 de Mayo hasta la Catedral. A las 7:32 p.m. nada hacía temer una noche difícil. Ningún operativo de seguridad a la vista. Nada. La calle Madero era un hervidero de chilangos gozando su sábado. Música y comedera por doquier. Compramos un helado y enmendamos el camino. Una hora después, y un poco más allá de Insurgentes, nos topamos al fin con la marcha, era grande, ruidosa. Niños, ancianos, clasemedieros, universitarios… Pero no estaban solos. Algunos anarcos fueron reventando globos con pintura en muros y grafitearon paredes, ventanas y puestos de periódicos. Ahí estaban, a la vista de cualquiera que quisiera verlos. Los gobiernos federal y capitalino tuvieron más de una hora para preparar otro escenario, uno que incluyera aislar el Palacio. Nada hicieron.
¿Hay alguien ahí?
Desde el primer momento todo fue a mal. Las marchas no suelen emplazarse frente al Palacio. Esta llegó y se fue directo hacia allá. Pepe Merino y yo nos miramos desconcertados. Luego la vanguardia de la marcha se dirigió al asta. Ahí se leyeron los nombres de los 43 muchachos de Ayotzinapa y se conminó a no caer en provocaciones justo cuando un puñado de violentos comenzaron el asalto a Palacio. Ni la prensa estaba preparada.
¿Hay alguien ahí?
Y durante una hora en la atmósfera del Zócalo se materializó esa sensación que lleva semanas en el ambiente, esa de que todo puede pasar, esa de que estamos como en 1994, esa de que matan a un general encargado de la seguridad en Tamaulipas y nosotros como si nada, esa de que recula el gobierno en un mega proyecto y nadie sabe bien a bien por qué, esa de que el presidente Enrique Peña Nieto no comprendió que no se podía ir a China, y que menos se podía ir sin haber dado un mensaje solemne a la Nación sobre los desaparecidos, palabras donde explicara que ya entendió lo que no ha entendido desde el 26 de septiembre.
¿Hay alguien ahí?
Twitter: @SalCamarena

viernes, 7 de noviembre de 2014

Historia personal del dolor

No quería acordarme y de pronto me acordé: el dolor. La memoria del dolor es imposible porque no duele, pero aun así, no hay nada que nos defina con tanta precisión como esas quemazones interiores. Me refiero al dolor físico, aunque el dolor mental es tan duro como el que viene de lugares tangibles. Apenas escribo estas palabras tengo miedo de invocar su nombre y sentirlo una vez más en la vida. ¿Alguna vez han sentido dolor? Seguramente sí pues se trata de una sensación inherente al ser humano, de una puerta que alguna vez hemos abierto y por cuyo umbral hemos pasado.
Durante casi una vida fui un privilegiado. Sentí dolor intenso hasta que cumplí cincuenta años como consecuencia del tratamiento para librar un cáncer. Evitar el dolor ha sido uno de los objetivos de la ciencia médica. El magnífico libro de Thomas Dormandy, El peor de los males, publicado por la editorial Papeles del Tiempo, nos cuenta la historia de ese desafío.
La búsqueda de la anestesia es un capítulo central de la lucha contra el dolor. La aparición, a mediados del siglo XIX, del óxido nitroso, del éter y del cloroformo, no fue la culminación de un proceso sino el punto de partida. Podría decirse que la búsqueda del alivio al dolor no ha cambiado con el paso del tiempo.
Recuerdo sin dolor que me dolía del carajo. El médico preguntaba: del uno al diez, donde diez es lo más intenso, ¿cuánto le duele? Yo respondía: nueve. Era una chinga pavorosa. Y no vamos a ir a la paparruchada del umbral del dolor y esas sonseras: cuando duele, olvídense de umbrales.
El médico persa Abu Alí, conocido como Avicena, sostenía que toda pócima tenía una triple finalidad. En primer lugar tenía que aliviar el dolor. Además debía sosegar el alma y, por último, inducir un sueño reparador. Yo no tenía esa pócima. Después de varios años entiendo que debí fumar mariguana, pero a mí la mota me cae de peso, en serio, razón por la cual no la consideré como una sucedáneo de la pócima de Avicena.
Estoy viendo en este momento la mesa a la que me invitaron mis amigos Luis Miguel Aguilar y Juan Villoro en esos días. Muy cerca del baño, en el bar Nuevo León, pusimos a funcionar la máquina de nuestros recuerdos. Cada vez que yo iba al baño, me doblaba y, me da un poco de pena contarlo ahora, lloraba de dolor. Luego regresaba a la mesa que Juan y Luis Miguel convertían en un espacio habitable, un remanso que no olvido.
El dolor físico, nos explica Dormandy, se asocia apenas con el insomnio, la angustia, la pena, la preocupación y otros estados de ánimo. En nuestros días, este tipo de dolores y la mente se estudian a fondo, pero lo esencial se sabe desde siempre: el miedo es capaz de transformar una preocupación en una tortura.
Las molestias que se soportan con dignidad durante el día se convierten en dolores agudos durante la noche, el espacio en el cual se reorganizan los fantasmas del dolor. Los ejércitos de la noche me sitiaban en esos días tristes y yo trataba de rechazarlos con recuerdos gratos, la verdad es que muchas veces los derroté.
Desde mediados el siglo XIX existe cierta tendencia a separar el dolor físico de la angustia. No es para menos, la supresión de los dolores agudos en las operaciones quirúrgicas ha sido uno de los mayores triunfos médicos de los últimos 150 años, mientras que los avances en el tratamiento de los estados mentales como la tristeza, el miedo o la angustia, si bien han sido significativos, son mucho menos espectaculares.
Muchos de los sedantes de la antigüedad siempre serán un misterio, o por lo menos su origen siempre será controvertido. Pero hay otros que se han podido identificar. Su principio activo se sigue utilizando a diario en la práctica médica. Dos de los más antiguos, los productos derivados de la fermentación alcohólica, “los que disipan el azote de las preocupaciones”, y el jugo extraído de la amapola, “los que nos brindan felicidad y sueños sublimes” se han convertido en elementos fijos del mundo civilizado. Después de aquellos episodios de dolor bebo más. El alcohol anestesia al mundo y, al mismo tiempo, lo vuelve intenso, más interesante, aunque se trate de un sueño, ¿quién ha dicho que los sueños no son reales?
Aunque usted no lo crea, en el pasado las intervenciones quirúrgicas se realizaban sin anestesia. Incluso algunos médicos hablaban del derecho al dolor. El hombre que estableció las bases de la anestesia moderna se llamaba John Snow, nació en 1813 y fue en más de un sentido el primer anestesista y un pionero de la epidemiología.
Como en todas las historias de la investigación, la de Snow tuvo mucho de necedad y algo de suerte. En 1847, Snow pidió permiso para administrar éter a los pacientes del Saint George’s Hospital que necesitaban una extracción de muelas. Los médicos que asistieron a estas operaciones quedaron impresionados. Mientras el paciente dormía plácidamente, el cirujano trabajaba sin interrupciones y sin dolor.
Recuerdo con estupor que durante cinco meses tuve dolores intensos que iban y venían sin aviso derrotando a cajas y cajas de analgésicos. El tiempo solo sirve para conocer aquello que no pudo ser. Debí pedir anestesias intermitentes, recurrir a drogas poderosas, incluso probar la mariguana, que me sienta tan mal.
Les tengo una buena noticia: como lo sabe toda mujer que haya tenido hijos sin cesárea, o incluso con ella, el dolor se olvida. Menos mal, el recuerdo sería simplemente insoportable.
rafael.perezgay@milenio.com
http://twitter.com/RPerezGay

miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Quién dijo que todo está perdido?

Por: Alejandro Páez Varela - octubre 27 de 2014 - 0:05 COLUMNAS, Historia de unos días

–A la Redacción de SinEmbargo 
Recuerdo un país con miedo; durante gran parte del sexenio de Felipe Calderón, por ejemplo. Recuerdo un país en zozobra: cuando la devaluación y la crisis de 1996-1997, o cuando mataron a Luis Donaldo Colosio. Recuerdo un país atónito en varias ocasiones, como el día en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en armas y nos hizo despertar del sueño de cartón y serpentinas del salinismo. Recuerdo un país marchando, indignado; y se me vienen a la mente las movilizaciones por la inseguridad en la Ciudad de México. 

Pero no recuerdo un país con miedo, con zozobra, atónito, marchando, indignado y además triste, como triste está, hoy, por la desaparición de los 43 jóvenes normalistas y la aparición de fosa tras fosa tras fosa, con cadáveres, y cadáveres, y cadáveres. 

El miércoles pasado, siguiendo la marcha por los desaparecidos, escuché a ocho o diez señoritas cantar. No era una canción de guerra; no era, en esencia –aunque en el contexto lo fuera–, una canción de protesta. Era un canto de amor triste, prestado por Fito Páez: 
¿Quién dijo que todo está perdido? 
Yo vengo a ofrecer mi corazón 
Tanta sangre que se llevó el río 
Yo vengo a ofrecer mi corazón. 

[…] 

Luna de los pobres siempre abierta 
Yo vengo a ofrecer mi corazón 
Como un documento inalterable 
Yo vengo a ofrecer mi corazón. 

[…] 

*** 
No es fácil engañar a tanta gente a un tiempo, si esa misma gente ha sido engañada tanto. A la chistera del mago se le van acabando los trucos; entonces, cuando el mago mete la mano para sacarse otro conejo ya no hay conejo: hay un cadáver. Entonces, cuando el mago mete la mano para sacarse un largo pañuelo de colores, se le viene un brazo podrido, agusanado. 

Debe ser complicado para los políticos hablar de justicia social, de seguridad, de transparencia, cuando tienen la boca tapada con el estiércol que han sembrado. Les debe ser difícil repetir las promesas de que ahora sí atacarán la corrupción y frenará el saqueo y echarán a andar este país con la frente en alto, sin vergüenza, sin ser el hazmerreír de la comunidad internacional. Pero los han repetido tanto, han sacado tantos conejos de la misma chistera para tener embobados a los que pagan por el espectáculo, que ya no funciona. 

Esos 43 desaparecidos comían apenas. Esos 43 desaparecidos salieron de los pueblos más pobres de México a estudiar en una escuela maltratada durante años. Tenían un sueño, y no pensaban cristalizarlo en ellos: soñaban con compartir; soñaban con enseñar. 

Esos pobres desarropados, que vivían en cuartos pelones, eran la esperanza de los otros que esperaban en casa: la esperanza de sus padres y sus hermanos; la esperanza de los hijos de los otros a los que enseñarían a leer y escribir. 

Ahora ese sueño se ha roto. Más de un mes desaparecidos. 

No es fácil engañar a tanta gente, si a esa gente se le ha engañado tanto. La promesa de modernidad de Enrique Peña Nieto no es sino el mismo engaño de siempre. 

Ahora sí quisiéramos que el mago metiera la mano a la chistera y se sacara algo concreto y no un conejo ni un pañuelo largo de colores, sino a los 43 con vida. 

Pero sabemos que el mago es limitado. Tenemos miedo, ahora que mete la mano, a lo que va a sacar. 

Y uniré las puntas de un mismo lazo 
Y me iré tranquilo, me iré despacio 
Y te daré todo y me darás algo 
Algo que me alivie un poco más. 

[…] 

¿Quien dijo que todo está perdido? 
Yo vengo a ofrecer mi corazón. 

Tanta sangre que se llevó el río 
Yo vengo a ofrecer mi corazón. 

*** 

Un país triste, lleno de tragedias. Y una tragedia (los ejecutados por soldados en Tlatlaya) va sepultando a la que sigue (los desaparecidos de Iguala). 

¿Cómo le vamos a explicar a las siguientes generaciones que no hicimos algo? ¿Cómo le vamos a explicar a los que vienen que nos quedamos en casa, viendo televisión? 

Un país triste no puede ser un país manco, pienso. Los que roban ahora robarán a tus hijos; los que matan y desaparecen, seguirán matando y desapareciendo si no hacemos algo. 

Los que mienten y engañan y difaman y tienen embobada a la mayoría lo seguirán haciendo si no hacemos algo. 

¿Quién dijo que todo esta perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón. 

— 

Y una nota final: El sábado hackearon la cuenta de la cantante pop Belinda en Facebook para atacar a SinEmbargo. Luego, en su cuenta de Twitter (@belindapop) dijo: “Yo no puse eso en Facebook, creo que me hackearon!”. El ataque es a mi persona, pero otros periodistas de este sitio son atacados también. 

En SinEmbargo sabemos que no es fácil hacer el periodismo que hacemos. Los ataques continuaron el domingo y seguirán, cada vez más fuertes. No nos asustan, nos nos acobardan, no nos doblan. Todo lo contrario. SinEmbargo alcanzó esta semana su máximo histórico: casi un millón de visitas diarias. Que le sigan: al menos uno de los seguidores de Belinda se ha vuelto fan del sitio y eso, eso ya es una gran ganancia. 

Por cierto, desde el viernes la organización internacional Artículo 19 lanzó una alerta y pidió al Gobierno del Distrito Federal, a la Procuraduría General de la República, a la Comisión Nacional de Derechos Humanos y a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal que garanticen la seguridad de los periodistas de SinEmbargo y abran una investigación por los ataques. 

Por supuesto, ninguna autoridad ha movido un dedo. No ofrecieron seguridad, tampoco investigan nada. ¿Por qué suena eso tan conocido? ¿Dónde más lo hemos escuchado? 

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/27-10-2014/28450. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley y que NO puede publicarse sin autorización expresa y por escrito. Si cita este texto (es decir: toma algún párrafo), diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido.SINEMBARGO.MX

En: http://www.sinembargo.mx/opinion/27-10-2014/28450

martes, 21 de octubre de 2014

Eres pobre y siempre lo serás

Los nueve puntos del Pliego Petitorio General de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional se resumen en un décimo no escrito: no a los obstáculos a la movilidad social, ejemplificados por algunos lineamientos de las reformas al Reglamento, en particular la prohibición de continuar los estudios profesionales a quienes originalmente hubieren elegido una modalidad técnica. De la misma manera, el activismo que caracteriza a los estudiantes de las normales rurales, como Ayotzinapa, Guerrero, más allá de las consignas ideológicas, está animado por la no aceptación al dictado Pobreza es Destinoque ha venido caracterizando a México en las últimas tres décadas.
En la imprescindible investigación del Centro de Estudios Espinoza Yglesias, CEEY, Informe de Movilidad Social en México 2013, Imagina tu Futuro,  se detecta que si bien hay una importante movilidad social en los estratos económicos medios, ésta se congela en los extremos: los ricos se mantienen ricos y los pobres, pobres. De cada diez mexicanos del quintil (20%) de ingresos más bajos, seis se mantienen igual de pobres o si acaso progresan al segundo quintil y cuatro de cada cinco del quintil más rico se mantienen ahí o si acaso desciende al estrato que le sigue. Si hablamos de la evolución de los hogares a lo largo de una generación, 48% de los hogares se mantienen en el estrato más bajo de ingresos.
Hasta hace más o menos tres décadas, el factor determinante para lograr burlar un destino de pobreza era el acceso a la educación pública de calidad. En este lapso, aunque se amplió la oferta educativa, se hizo sacrificando la calidad, especialmente en la educación básica que desde 1993 incluye la secundaria como obligatoria. También se amplió notablemente la oferta de educación universitaria, especialmente en los estados. Pero a la par de esta ampliación aparente de oportunidades se deterioró el poder adquisitivo del salario y no disminuyó la pobreza. El mismo estudio del CEEY encontró que el origen social no determina el acceso a la educación básica, pero sí al bachillerato y a la educación superior. También encontró que los hijos de padres con educación superior quintuplican sus logros educativos comparados con los hijos de padres que sólo hayan terminado la primaria.
Ya he citado anteriormente un estudio reciente de la Facultad de Química de la UNAM, en el que se demuestra que un grupo amplio de estudiantes que persistía con bajas calificaciones a pesar de ofrecérsele clases extra, asesoría de sus profesores y hasta ayuda sicológica, mejoró en cuanto se les dio comedor universitario gratuito. Tenían hambre.
Para los estudiantes de los estratos más bajos de ingresos y aun para los de la clase media baja que hayan logrado la proeza de terminar su carrera, aprender un nuevo idioma y ser admitidos por una universidad extranjera, hay obstáculos que se antojan diseñados para impedir una mejora en la movilidad social y sólo admitir a los privilegiados. Aunque el conjunto de becas que ofrecen el gobierno federal y los gobiernos estatales ha crecido considerablemente, éste sigue pensado básicamente para el estudiante de clase media. Las becas Conacyt o Concyt-Estados, por ejemplo, aunque cubren puntualmente las necesidades básicas de un estudiante (o de unestudihambre, como se dice) no resuelven el costo extraordinario del transporte aéreo o las dificultades monetarias asociadas a la obtención de una visa.
Pongo como ejemplo el caso de las visas al Reino Unido porque por una afortunada iniciativa de las cancillerías de ambos países, 2015 fue declarado año de México en Reino Unido y viceversa. Parte de esa celebración contempla la meta de aumentar significativamente el número de becarios mexicanos en ese país, lo que se antoja difícil dadas las condiciones que mencionaré. Para poder obtener una visa de estudiante para Reino Unido es necesario demostrar que se tienen ingresos mensuales de por lo menos 1015 libras esterlinas, o demostrar que se ha tenido en el banco durante un mes el equivalente a esa cantidad multiplicada por nueve. Sin embargo, las benditas becas de Conacyt (que crezcan y se multipliquen) sólo cubren 800 libras mensuales.
Pero no sólo hay un primer problema con ese faltante, con el requisito de contar con una cuenta bancaria relativamente abultada y con la dificultad para pagar el pasaje aéreo sino que la solicitud para obtener la visa cuesta 500 dólares, aproximadamente seis mil 500 pesos. ¿Cómo le hace un joven estudiante que viene “de la cultura del esfuerzo” y no del privilegio?
Hay instituciones nobles como el Fondo para el Desarrollo de Recursos Humanos, FIDERH, del Banco de México, que ofrece créditos educativos para maestría y doctorado, con condiciones blandas y plazos largos. Sin embargo, el crédito está condicionado a que el estudiante sea apoyado por un aval con propiedades libres de cualquier gravamen o hipoteca. Y aquí es donde nuevamente se dificulta el esfuerzo de los estudiantes menos privilegiados que probablemente no contarán con ese respaldo. En cada convocatoria del FIDERH y me consta que para frustración de los funcionarios del Fondo, algunos estudiantes que ya han obtenido su ingreso a alguna de las mejores universidades del mundo, incluyendo las  universidades inglesas y americanas en los primeros lugares del rankinginternacional, se quedan sin poder realizar su sueño por falta de parientes con propiedades. Aquí habría una excelente oportunidad para convenios entre el Banco de México y fundaciones privadas que puedan brindar el aval y un financiamiento extra —como la beca suplementaria de la SEP— que cubra los costos extraordinarios del traslado.
La educación superior y en particular la oportunidad de estudiar en el extranjero es una de esas experiencias que cambia la vida de las personas y del país también. Remover esos obstáculos pequeños para la clase media —bancarización, propiedades, ahorros, etcétera—, pero imposibles para los estudiantes realmente pobres es una tarea que una asociación de esfuerzos del sector público con fondos privados puede incidir en mayor y mejor movilidad social y un quiebre del paradigma de que si eres pobre seguirás siendo pobre. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog
                *Analista política
                ceciliasotog@gmail.com

lunes, 13 de octubre de 2014

LA DOCTORA DEL EBOLA

La doctora Aileen Marty no me quiso saludar de mano. Me sonrió, me dijo que era un gusto conocerme pero hasta ahí.

Estiré mi mano y ella no estiró la suya. Luego vino su explicación: acababa de llegar de Africa y aprendió a saludar sin darse la mano. Eso salva vidas, me dijo.
La doctora, amablemente, se me acercó y juntó su codo derecho con el mío. Después, lo empujó suavemente, como en un juego. “Así se saludan en Nigeria”, me dijo. Y luego me enseñó otro saludo. Cerró su mano derecha en un puño y me pidió que hiciera lo mismo. Acto seguido, acercó su puño al mío pero sin tocarlo. “Es el saludo bluetooth”, refiriéndose a la tecnología que permite conectar aparatos electrónicos sin un cable. Apenas llevábamos 30 segundos de plática y ya había aprendido dos maneras para salvar la vida en Africa.
13_10_14_2Aileen Marty es una doctora de película. Nació en Cuba, es especialista en enfermedades infecciosas, da clases en la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en Miami y la Organización Mundial de la Salud la manda a los lugares más peligrosos del planeta para tratar de controlar epidemias. Fue así que pasó 31 días en Nigeria. “Yo iba a Sierra Leona pero me cambiaron el viaje a Nigeria cuando se dieron cuenta que el brote de ébola se había iniciado allá”, me contó.
¿Cómo se inició la epidemia de ébola? “Nadie sabe por qué o cómo llegó el ébola a esa parte de Africa”, me explicó. Luego especuló sobre una teoría, imposible de comprobar, de murciélagos contaminados con ébola. Los nigerianos comen murciélagos –“ellos cree que la carne de murciélago es riquísima”, me dijo- y posiblemente se comieron uno que no estaba bien cocido. Eso no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que miles de africanos en Sierra Leona, Liberia y Guinea están infectados, muchos han muerto y que el resto del mundo está aterrado de que le pase lo mismo.
En Nigeria la doctora Marty estuvo encargada de establecer un sistema en aeropuertos y fronteras para impedir que alguien contaminado con el virus del ébola entrara o saliera del país. Y lo lograron. “En Nigeria lo logramos extinguir”, me dijo con una enorme sonrisa.
Los problemas comenzaron a su regreso a Estados Unidos. Viajo de Lagos, Nigeria, a Frankfurt en Alemania y nadie la revisó al aterrizar. Hizo una conexión y voló de Frankfurt a Miami. Y ahí tampoco nadie la revisó. Ni siquiera le hicieron una pregunta.
“A mí no me revisaron”, me dijo entre molesta y sorprendida. “Nadie. Yo puse –en la tarjeta de llegada- que estuve en Nigeria y a nadie le importó. Salí como si nada. Eso me preocupó.”
Eso explica perfectamente cómo se dio el primer caso de ébola en Estados Unidos. El liberiano Thomas Duncan llegó a Dallas, contaminado por el virus, y nadie lo detuvo, lo examinó o le hizo alguna pregunta. Nadie. Entró como Thomas por su casa y poco después se murió.
Estados Unidos reaccionó tarde y mal pero reaccionó. Aquí no quieren prohibir los vuelos que vienen de las naciones con más infectados. Solo tomarán la temperatura a pasajeros. Pero al menos hay plena conciencia del peligro del ébola y el presidente Obama lo ha catalogado como una prioridad de seguridad nacional. No es el caso en latinoamérica.
En América Latina “no están preparados” para enfrentar casos de ébola, me dijo la doctora. “La preparación es cosa de muchos niveles. Nivel número uno, es darse cuenta que una persona tiene ébola. Número dos, hay que tener los remedios para curar a la persona, proteger a los médicos y enfermeras que tratan a esas personas, y preparar el cuarto que vas a utilizar”. Y luego vino un juicio estremecedor: “Las últimas veces que yo he estado en América Latina no he visto que estén preparados”.
En otras palabras, tuvimos suerte. Si el liberiano infectado Thomas Duncan hubiera aterrizado en México, en Centroamérica o en el Caribe –en lugar de Dallas- podríamos estar frente a una epidemia letal de enormes proporciones. Pero el riesgo sigue presente.
La doctora Marty aprendió a no confiar en la suerte. “Antes de entrar a mi casa llevé toda mi ropa a la lavandería y la lavé con cloro”, me contó. Todos los días se toma la temperatura al menos dos veces –la calentura es la primera señal de posible contagio por un virus- y evita saludar a la gente de mano. “Eso reduce todo tipo de enfermedades infecciosas.” Su objetivo es hacer “cool” el saludarse con los codos. De eso nadie se ha muerto.
Posdata mexicana. La respuesta del presidente Peña Nieto a dos masacres (Tlatlaya e Iguala) ha sido “insuficiente” -dice Human Rights Watch-, tibia y sin tomar responsabilidad. Llamó a una conferencia de prensa pero no permitió que los reporteros le hicieran una sola pregunta. Desde que tomó el poder, ha evitado siempre ese tipo de intercambios con la prensa. El silencio oficial ante el crimen y la impunidad, más que estrategia de comunicación, es miedo, error y falta de visión y liderazgo. Los muertos ya no se pueden esconder. Cuando tu ejército asesina civiles y la policía entrega estudiantes a narcos para matarlos, es que el teatrito se cayó. Huele a podrido, huele al viejo PRI.
Por Jorge Ramos Avalos.
(Octubre 13, 2014)

lunes, 15 de septiembre de 2014

Jubilados mexicanos, la envidia de George Clooney


12 de septiembre de 2014
Análisis

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- En nuestra jubilación nos aguardan experiencias paradisiacas: Viajar a la luna, surfear, aprender a bucear, recorrer el mundo o tendernos al sol en nuestra casa de playa. Con sólo ahorrar un poquito y trabajar muy duro, las Administradoras de Fondos para el Retiro (Afores) habrán convertido nuestro patrimonio en una fortuna.
La compañía Profuturo -propiedad de Grupo Bal, dueño del Palacio de Hierro y el ITAM, entre otras- difunde la campaña “El retiro es para vivirse”, en la que intenta sembrar en lo trabajadores la ilusión de que en la vejez la pasarán de maravilla.
“#ElRetiroEsPara seguir disfrutando tus vacaciones, cuando todos regresan a trabajar”, cita uno de los anuncios de Profuturo difundidos en su página de Facebook. En esencia, no es diferente a las campañas publicitarias de sus competidores. Todas las Afores recomiendan ahorrar “para alcanzar nuestras metas”; sacrificar el presente para gozar del promisorio mañana.
En un primer vistazo, estas campañas podrían ser favorables; el ahorro es sano, indispensable. No obstante, la publicidad de las Afores sólo vende espejismos. Veamos por qué.
En primera instancia, entre el 40 y 60 por ciento de los mexicanos trabaja en el sector informal, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico. Aparte, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía estima que 29.3 millones de personas laboran en estas condiciones, que, desde luego, excluyen prestaciones formales, entre ellas la jubilación.
La población restante gana salarios de hambre. El mínimo es de 67.29 pesos diarios, es decir, 2 mil 19 pesos al mes; de los 49.5 millones de personas ocupadas en México, 6.5 millones perciben este monto. Y, de acuerdo con el Instituto Mexicano del Seguro Social, la media del salario es de 281.51 pesos diarios, el equivalente a poco más de cuatro salarios mínimos.
La Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (Consar) ofrece una calculadora para estimar a cuánto ascenderá la pensión de un trabajador. Tomando el ejemplo del salario promedio en México, un joven de 25 años que hoy comience a laborar en el sector formal obtendrá una jubilación mensual aproximada de 3 mil 500 pesos. ¿Este dinero alcanza para viajar al espacio o entregarse a la extravagancia de un bon vivant? Evidentemente no.
Las Afores se empeñan en dejarle al trabajador la responsabilidad de aportar más capital para obtener un retiro digno. Sin embargo, ¿cuánto más podría ahorrar un empleado por mucho que se empeñe en llevar una vida austerísima con su paupérrimo salario? Tan sólo la canasta alimentaria urbana cuesta mil 232 pesos al mes.
Los salarios son tan míseros en México que los trabajadores están obligados a tener dos, tres o hasta cuatro “chambitas” extra, situación que lógicamente deriva en aumento del estrés, enfermedades y una pobre calidad de vida.
A finales del año pasado, el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados difundió un estudio que reveló que México es el país donde más horas se trabajan por año, con un promedio 2 mil 300, superior al de países asiáticos (2 mil 154) y africanos (2 mil 138).
A los bajos salarios, las extensas jornadas laborales y los trabajos múltiples es necesario añadir factores que inyectan inseguridad e inestabilidad en la Población Económicamente Activa. La alta presión y exigencia de las empresas, que en muchos casos mantienen a sus empleados atemorizados con lanzarlos a las filas del desempleo si no “rinden al máximo” o se quejan de alguna ilegalidad. Amén de los meteóricos cambios tecnológicos y la acelerada obsolescencia de muchos oficios.
En “El Ascenso de las incertidumbres”, el sociólogo francés Robert Castel señala que la ausencia de las relaciones estables entre el individuo y el trabajo le impide acceder a un lugar en la sociedad.
Algunos individuos –los menos, plantea Castel- logran adaptarse a las nuevas formas de trabajo, “maximizan sus posibilidades y se vuelven hipercompetitivos (…) Precisamente en su éxito descansa el discurso gerencial, o más ampliamente neoliberal dominante, que celebra el espíritu de empresa y los desempeños del individuo ‘liberado’ de la pesadez de los reglamentos y de los frenos que imponen los controles burocráticos, jurídicos o estatales“.
Castel advierte que este modelo deja de lado “la suerte reservada a otras categorías de individuos igualmente comprometidos en el remolino del cambio, pero que son impotentes para dominarlo. No porque se trate de una incapacidad congénita, por lo general no fueron programados para hacerlo, ni acompañados para llevarlo a buen puerto”.
Este último punto mantiene una estrecha relación con la política de la Afores. Estas compañías gastan la mayor parte de sus ingresos en publicidad y no en enseñar a los trabajadores cómo funciona el complejo sistema de ahorro o mejorar sus condiciones de jubilación.
La Comisión Federal de Competencia Económica señaló en julio pasado que las Afores gastan 12 veces más en ampliar su cartera de clientes que en mejorar los rendimientos. El año pasado, destinaron 49 por ciento de sus gastos a publicidad y sólo el 4% en actividades de inversión.
A este dispendio hay que añadir los pésimos servicios que brindan estas compañías. Cualquier trabajador sabe que cambiarse de Afore, obtener un estado de cuenta o simplemente saber dónde está su ahorro se puede convertir en una osadía.
Merecería un capítulo aparte el tema de la histórica corrupción que acompaña a este modelo de jubilación vigente desde 1997, el seguro de desempleo que terminará debilitando al Infonavit y favoreciendo a constructoras privadas, las constantes bajas en los estados de cuenta de los trabajadores y los negocios de funcionarios y exfuncionarios (Pedro Aspe y Guillermo Ortiz, por citar dos casos relevantes) con los ahorros de los empleados.
Por todo esto resulta ofensivo y grotesco que las Afores quieran hacer negocio con nuestra jubilación, prometiéndonos que nos aguarda una vida que envidiaría el dandi George Clooney.
La mayoría de los empleados mexicanos del nuevo régimen deberá permanecer activo aún después de los 65 años de edad para completar su raquítica jubilación. Los trastornos del estrés, la vida sedentaria y no hacer otra cosa más que trabajar difícilmente les permitirán gozar de una salud plena para aprender a surfear o recorrer el mundo en globo aerostático, como ilusionan las Afores: Lo más seguro es que los pensionados terminen empacando productos del supermercado, ávidos de una moneda.

martes, 19 de agosto de 2014

American Curios

Helguera
Cadenas

David Brooks

“Lo único que queremos es quitarnos las cadenas/Lo que único que queremos es ser libres, canta el rapero J. Cole. Mensaje común y ambiguo en la música popular desde siempre, pero esta vez tiene un contexto muy particular: otro joven afroestadunidense baleado por policías en el mero centro de este país.
La canción fue la primera sobre el incidente en Ferguson, Misuri, en generar atención masiva, pero para la comunidad hip-hop estos incidentes son personales y demasiado comunes. ¿Me puedes decir por qué cada vez que salgo tengo que ver negros morir?, canta J.Cole.https://soundcloud.com/dreamvillerecor ds/j-cole-be-free/s-3J4jW
Las escenas en los días después de que Michael Brown, afroestadunidense de 18 años, cayó muerto por balas de un policía blanco local en la calle en su pueblo, un tipo de suburbio de San Luis, Misuri, dieron la vuelta al mundo y fueron calificadas por reporteros y hasta militares veteranos como zona de guerra.
Las expresiones de ira de ese pueblo por la muerte de uno de sus hijos fueron confrontadas por la policía local que, con equipo militar, apuntó ametralladoras y rifles de asalto M-16 a jóvenes y hasta a niños, lanzó gas lacrimógeno en tanquetas blindadas y disparó balas de goma contra cientos de ciudadanos afroestadunidenses e incluso contra periodistas.
Desde que se declaró la guerra contra el terrorismo y las fuerzas policiacas del país fueron bautizadas como la primera línea en ese frente, se traslada cada vez más equipo militar a estas fuerzas locales. Con ello, se vuelven de cierta manera tropas de ocupación de sus propios pueblos.
Eso, combinado con las secuelas de más de un siglo de segregación racial en la región de Ferguson, nutrió las tensiones: la fuerza policiaca de Ferguson, pueblo predominantemente afroestadunidense, es 95 por ciento blanca.
El incidente en Ferguson no fue inusual. Esa misma semana otro afroestadunidense desarmado fue ultimado a tiros por un policía en Los Ángeles; dos semanas antes otro fue ahorcado por un policía cuando lo arrestaban por vender cigarros sueltos en Nueva York. La lista de víctimas reciente es larga y la histórica es incontable.
Lo que ocurrió en Ferguson una vez más reveló algo debajo de la superficie del país que afirma ser faro de la libertad y la justicia: la violencia institucional y sistémica, que tiene una expresión racial muy particular.
Ser afroestadunidense en Estados Unidos es vivir en peligro. “Hay más afroestadunidenses sometidos al control del sistema correccional hoy día –en prisión, libertad condicional o bajo fianza– que los esclavizados en 1850”, comenta la jurista académica Michelle Alexander, autora del extraordinario libroThe New Jim Crow, sobre la encarcelación masiva y el racismo institucional.
Aunque los afroestadunidenses son sólo 12 por ciento de la población nacional, es seis veces más probable que un negro acabe encarcelado que un blanco. Por cada dos blancos presos hay 11 negros presos en este país; las condenas aplicadas a afroestadunidenses son 20 por ciento más largas que para blancos acusados de delitos similares. Si la tasa de encarcelación continúa subiendo al mismo ritmo que durante los últimos 30 años, uno de cada tres hombres negros estará en la cárcel en algún momento de su vida (comparado con uno de cada 17 blancos). Casi 6 millones de estadunidenses tienen anulado su derecho al voto de por vida, después de estar encarcelados por un delito: 2 millones 200 mil son afroestadunidenses (cifras del Sentencing Project).
En entrevista reciente con Bill Moyers, Alexander agregó: “hemos creado un sistema de encarcelación masiva, un sistema penal sin precedente en la historia del mundo. Tenemos la tasa de encarcelación más alta del mundo… Y la mayor parte del incremento en encarcelación ha sido entre la gente de color empobrecida…” Subraya que esto es en gran medida resultado de la llamada guerra contra las drogas, que más bien ha sido contra los pobres y las minorías. Indicó que aunque los negros son sólo 13 por ciento de los que usan drogas ilícitas, son 36 por ciento de los arrestados por droga y 46 por ciento de los condenados a penas de cárcel. Según el Sentencing Project, más de 60 por ciento de la población encarcelada pertenece a minorías raciales o étnicas.
Más allá del sistema de justicia, la violencia del racismo se expresa en casi todos los ámbitos de la vida social. Por ejemplo, en el sistema escolar, los afroestadunidenses suelen estar en escuelas inferiores con menos recursos que sufren de una elevada tasa de abandono. Para los hombres negros hay más probabilidad de que pasen un tiempo encarcelados que de graduarse de una universidad.
En el ámbito socioeconómico, el índice de pobreza supera 50 por ciento en muchos barrios urbanos afroestadunidenses; la expectativa de vida para negros pobres en Washington, la capital del país, según algunos estudios, es menor a la de Gaza o Haití; la tasa de desempleo alcanza a ser más que el doble de los blancos (la tasa de desempleo de blancos es de 5.3 por ciento, y la de afroestadunidenses es de 11.4 por ciento).
Existir como afroestadunidense de clase obrera es ser vulnerable; vivir en una área pobre y negra simplemente te deja como colateral, afirma el columnista Gary Younge en The Guardian. Cita a un experto sobre la condición de la comunidad afroestadunidense que declara: por las cifras, por todos los datos oficiales, aquí en la confluencia de historia, del racismo, de la pobreza, de poder económico, esto es lo que valemos: nada.
Con cada vida de un negro que perdemos, acabamos diciendo lo mismo. Exigimos que nuestra humanidad sea reconocida. Oramos por las vidas de nuestros jóvenes. Les recordamos a todos nuestra historia. Y después muere otro afroestadunidense, escribió Mychal Denzel Smith en The Nation. Concluye:el silencio no es opción, pero las palabras no son suficientes.
Pedir calma y paciencia ante la ira de Ferguson –como ha hecho la cúpula política– son sólo palabras que por ahora no han logrado romper las cadenas que siguen arrastrando a este país.