domingo, 31 de agosto de 2008

OCIO VERSUS TRABAJO

Teresa Carreón

¿Cuál es su ritmo de vida hoy en día?

Lo común y corriente es vivir corriendo, comer mal, ocupar permanentemente la atención en las obligaciones y olvidarse de la familia, los amigos y hasta de uno mismo. Todo ello en aras de una laboriosidad exacerbada, por la que se está dejado de lado su rasgo más importante: la humanidad.

Para los griegos, el ocio era más importante que el trabajo, ya que se orientaba a la observación, la introspección, la reflexión: “La naturaleza humana misma busca no sólo el trabajar correctamente, sino también la capacidad de emplear bien el ocio, que es el fundamento de todo”.
Oscar Wilde afirmaba categóricamente que “el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer” con lo que se contraponía totalmente con la cultura de hoy, en la que las personas que son adictas al trabajo reciben una retroalimentación positiva que alimenta su adicción, aunque ello los conduzca a la enfermedad o incluso, hasta la muerte.

Muchas personas sienten angustia al enfrentarse con el tiempo libre debido a que están muy adaptadas a la actual cultura del trabajo en la que no estar “a las carreras” es sinónimo de ser un haragán. Otros individuos han sido arrastrados por la realidad del país que los ha llevado a trabajar más de la cuenta para conservar su empleo, y hay quien, para poder mantener a su familia, tiene de dos a tres empleos.

Una de las características de nuestra civilización es que se enaltece el tiempo productivo, enfocado a generar dinero. Este fuerte condicionamiento, que termina enfermándonos, ha hecho de muchas personas, seres incapaces de conocer otro disfrute de la vida, donde el ocio o el tiempo libre dedicado a actividades no obligatorias, es impensable.

Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, escribió un ensayo teórico “El Derecho a la Pereza”. Redactado en Londres a finales de 1870 y publicado por primera vez en el periódico socialista francés L’egalité a mediados de 1880, fue muy popular en su tiempo. Traducido a casi todos los idiomas de Europa, su gran éxito se debió no nada más a lo provocativo del tema, sino por el uso de la ironía y el humor, además de su tono, completamente polémico.

El párrafo de entrada sentenciaba: “Una extraña pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste Humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y su progenitura. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacrosantificado el trabajo.”

Johannes Maerk, en la Revista Mexicana del Caribe (Año 5, número 9, de la Universidad Autónoma de Quintana Roo), realiza un análisis del polémico libro de Paul Lafargue, y afirma que el cambio de la economía feudal a la capitalista produjo un aumento de las jornadas laborales, la presión de los fabricantes y el desarrollo de la tecnología, entre otros factores.

La ética puritana se manifestó en todo su esplendor con la famosa frase de Benjamín Franklin “El tiempo es oro”. La afirmación atribuida a Lenin de “el tiempo es dinero”, se podía leer en grandes pancartas colocadas en edificios del Partido Comunista en Moscú. Los teóricos encuentran una gran coincidencia entre los puritanistas y la moral comunista.


En el libro “La Condición Humana” de Hannah Arendt, se señaló que la glorificación del trabajo iniciada de forma sistemática por los pensadores de la Ilustración, trajo como consecuencia la transformación de toda la sociedad en una sociedad de trabajo, en la que quedaron como no deseables los sentimientos y las actividades no productivas.

La exaltación a las actividades productivas sería el blanco de los ataques de Lafargue: la idea es que la sociedad se libere del trabajo enajenante y esclavizante, donde la distinción entre vida cotidiana y domingo (o en su defecto la distinción entre “tiempo de trabajo” y “tiempo libre”), esté superada.

El pensamiento de Lafargue según Johannes Maerk, se ubica en la tradición de los escritores del Renacimiento que querían renovar la vida placentera: el yerno de Marx mencionó al escritor francés Rabeláis, quién en su libro “Gargantúa y Pantagruel”, con humor pícaro y una enorme fantasía, expuso sus deseos para el libre desarrollo del pensamiento; soñó con grandes borracheras y orgiásticas fiestas, viviendo pacíficamente, gozando de toda clase de placeres. Tomás Moro, en su obra Utopía, propuso reducir la jornada de trabajo a seis horas diarias y el francés Fournier, a principios del siglo XIX, consideraba al trabajo industrial como “despreciable” por su monotonía y su reiteración enajenante.

Por ello, frente a los adictos al trabajo, o -“workaholics”- se está levantando el “Modo de vida sencillo” (Simple Living), que hace referencia a una forma de vida no agresiva en su más amplio sentido. Es un estilo de vida seguido por las personas por razones de justicia social o por rechazo al consumismo creado por el capitalismo. La espiritualidad, la salud o el ecologismo las llevaron a encontrar este nuevo modo de vida, en el que se reduce la necesidad de comprar cosas, se emplea el tiempo libre a la ayuda a la familia o a otros de forma voluntaria, o para la realización de actividades recreativas dedicadas al arte. El todos los casos, la decisión ha sido motivada por el rechazo al trabajo convencional de la sociedad contemporánea.

Recordando a Dolores Pradera, me voy con la música a otra parte con la canción de José Ángel Espinosa, “El tiempo que te quede libre”: El tiempo que te quede libre, /si te es posible, dedícalo a mí…