viernes, 4 de julio de 2008

¿QUÉ LES QUEDA A LOS JÓVENES?

Teresa Carreón

Cada sociedad aprecia de formas muy diferentes a sus jóvenes y los modos como se integran social, económica y culturalmente, ya que ello depende del proyecto de desarrollo y la aceptación de éste, por la mayoría de los actores sociales del país.

En México, se ha dejado de lado la atención específica a este sector de la población, marginando con ello su potencialidad creativa –explicable por la edad y sus modos particulares de construcción de su propia identidad- como una fuerza social particular que requiere atención y oportunidades diferenciadas del resto de la población.

El Ombudsman capitalino, Emilio Álvarez Icaza comentó recientemente que los jóvenes en México constituyen la zona gris de la sociedad, ya que no votan y no forman parte de la población con grandes necesidades, por lo cual se les ha dejado de lado.

Y aunque se afirma en los discursos que la juventud constituye una parte esencial del capital humano y social, de cuyo desempeño depende el futuro próximo, la primera limitación con la que uno se topa al tratar el asunto de los jóvenes, está relacionada con una concepción negativa, preestablecida, prejuiciosa, que existe sobre la juventud.

Recuerdo que cuando cursaba la universidad, uno de mis amigos llegó a clases un día, muy tarde y muy golpeado, sin sus cuadernos y sin la quena que diariamente tocaba. Al preguntarle qué le había pasado, comentó que un policía, al verlo, lo había detenido y golpeado porque parecía un pobre delincuente y le había quitado sus pocas pertenencias, dejándolo ir sin haber cometido delito alguno, un par de horas después de haberlo retenido. Esa experiencia trajo como consecuencia que con el paso del tiempo, les dijera a mis hijos que se cuidaran mucho de los policías, ya que sólo por ser joven se corre el riesgo de ser inculpado de cualquier trasgresión.

El caso del New's Divine, ha vuelto a marginar a los jóvenes, ya que se ha analizado exhaustivamente, el papel político del jefe de gobierno del D. F. y el desempeño de la policía y sus operativos; menos atención han merecido los permisos y las condiciones de funcionamiento de los antros vespertinos, pero casi nada se ha dicho acerca del prejuicio que existe entorno a su condición de jóvenes.

El mundo extraño en el que vivimos, tan lleno de paradojas, ha permitido crear condiciones de sueño para la juventud como ciclo dorado de vida, en el cual los jóvenes resultan los medios óptimos para vender todo tipo de artilugios para alargarla. Un buen ejemplo de ello es cualquier comercial de cremas antiarrugas.

Los jóvenes reafirman su pertenencia social y la defensa de su identidad local o cultural, de acuerdo a las oportunidades de integración y sus capacidades de inserción en la sociedad. Así, sus actividades constituyen un medio importante para consolidarse como grupo y diferenciarse respecto del mundo adulto, aunque no sean reconocidas socialmente y favorezcan la segregación más que su integración.

Un teórico de la juventud, Erik Erikson aseguró que la tarea central del joven es construirse una identidad para poder situarse en la sociedad. Pierre Bourdeu con una visión más sociológica, dijo que en la división que existe entre jóvenes y viejos media siempre una lógica de poder, según la cual se intenta interponer y reproducir un orden social. Así pues, los jóvenes ocupan determinados lugares y los viejos otros. Sin embargo, las dimensiones de identidad (clase, género, edad, hábitat) se configuran actualmente en torno al consumo impuesto por la globalización. Y aunque este fenómeno afecta a todos los sujetos sociales, es especialmente notorio en el caso de los jóvenes, tanto porque para ellos la identidad es un asunto central en su proceso de inserción en el mundo adulto, como porque nuestros jóvenes no han conocido otro modelo que el de la sociedad de consumo de masas, que al fomentar el narcisismo, constituye uno de los pilares sobre los que se asienta, pues tanto el narcisismo como el consumo se basan en la promesa de un goce pleno, que sólo el objeto producido por el consumo, es capaz de colmar. De esta forma, la voluntad del sujeto no tiene cabida como tampoco lo tiene cualquier resistencia al sistema, por lo que la encubierta enajenación de la persona se vuelve completamente dúctil.

Los poetas son portadores siempre de una sorprendente claridad acerca del mundo y las cosas que en él ocurren. El poeta uruguayo Mario Benedetti se preguntó "¿Qué les queda a los jóvenes?" y al responder, creó un fantástico poema que se ajusta correctamente a la situación de nuestros jóvenes: ¿Que les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?/¿Sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?/ también les queda no decir amén/ no dejar que les maten el amor/ recuperar el habla y la utopía/ ser jóvenes sin prisa y con memoria/ situarse en una historia que es la suya/ no convertirse en viejos prematuros/ ¿qué les queda por probar a los jóvenes/ en este mundo de rutina y ruina?/ ¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?/ les queda respirar/ abrir los ojos/ descubrir las raíces del horror/ inventar paz así sea a ponchazos/ entenderse con la naturaleza/ y con la lluvia y los relámpagos/ y con el sentimiento y con la muerte/ esa loca de atar y desatar/ ¿qué les queda por probar a los jóvenes/ en este mundo de consumo y humo?/ ¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?/ también les queda discutir con dios/ tanto si existe como si no existe/ tender manos que ayudan/ abrir puertas/ entre el corazón propio y el ajeno/ sobre todo les queda hacer futuro/ a pesar de los ruines del pasado/ y los sabios granujas del presente.

Con un amargo sabor de boca por los desaparecidos en ese oscuro antro, me voy con la música a otra parte, con la exquisita música producida por la guitarra de Daniel Viglietti.

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