viernes, 18 de diciembre de 2009

NO HAY PECADO, SÓLO HAMBRIENTOS

Teresa Carreón

Esta semana Noam Chomsky comentó un fragmento de la novela de Dostoyevski “Los hermanos Karamazov” denominado "El Gran Inquisidor”, el cual está ambientado en Sevilla en el tiempo más terrible de la Inquisición, lugar donde súbitamente aparece Jesucristo “modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen”. El Gran Inquisidor ordena a los guardias que lo tomen y lo lleven a prisión. Una vez allí, acusa a Cristo de haber venido a obstaculizar la gran tarea de destruir las ideas subversivas de libertad y comunidad. No te seguimos a ti –le advierte el Inquisidor a Jesús–, sino a Roma y a la espada del César. Buscamos ser los únicos gobernantes de la Tierra para poder enseñar a la multitud de viles y débiles que sólo se liberarán cuando renuncien a su libertad y se sometan a nosotros. Entonces serán tímidos y temerosos y felices. Así que mañana, dice el Inquisidor, yo debo quemarte. Sin embargo, el Inquisidor cede finalmente, y libera a Cristo en los oscuros callejones del pueblo quien calladamente, se aleja.

Chomsky narra lo anterior debido a dos acontecimientos que marcaron el mes de noviembre de 1989: la muy celebrada caída del Muro de Berlín (9 de noviembre) y lo escasamente recordado el 16 de noviembre en El Salvador, el asesinato de seis destacados sacerdotes jesuitas, junto con su cocinera y la hija de ésta, a manos del batallón de élite Atlacatl, armado y adiestrado por la Escuela de las Américas de Estados Unidos. Con ese crimen se puso fin a la teología de la liberación, movimiento de los obispos latinoamericanos que trabajaba enfáticamente por los pobres.

El papa Juan XXIII al impulsar el Concilio Vaticano II (1962), trajo de vuelta el pacifismo radical del Evangelio. En ese marco, sacerdotes, monjas y laicos de América Latina, llevaron el mensaje del Evangelio a los pobres y los perseguidos, los unieron en comunidades y los alentaron a tomar en sus manos su destino, cometiendo con ello una herejía ante los poderosos, convirtiéndose en un blanco del terror y la matanza.

La Escuela de las Américas de Estados Unidos, que adiestra a oficiales latinoamericanos, ha anunciado orgullosamente que su ejército ayudó a derrotar la teología de la liberación, contando con el gentil respaldo del Vaticano.

Mi música que me lleva siempre a otra parte, acompaña en tono nostálgico un párrafo de la novela en cuestión de Dostoyevski “¿Por qué has venido a molestarnos?... Bien sabes que tu venida es inoportuna… No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda... Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que sólo hay hambrientos.”