domingo, 16 de noviembre de 2008

CARLOS FUENTES, DUEÑO DE SU PRESENTE





Teresa Carreón


Carlos Fuentes tiene 80 años. El mundo literario lo celebra igualmente que lo hace la intelectualidad mexicana e hispanoparlante. Por ello, en los días recientes mucha tinta ha corrido describiendo su producción literaria que va desde la novela, los relatos y cuentos, el ensayo, el teatro, hasta libretos de ópera. Pero del hombre sabemos muy poco. Carlos Fuentes es una persona muy disciplinada, puntual, amante del baile, ex fumador (dejó el cigarro después de ver morir a su padre de enfisema pulmonar) y amante del buen champagne. El director del canal 22 y también escritor, Jorge Volpi, cuenta algunos de los principales gustos de Fuentes: "cuando está en Londres escribe por las mañanas, de las 7 a las 12 horas. Una de las principales aficiones de Carlos son el teatro y la ópera. Es un apasionado y me ha tocado comprobar que podría cantar óperas de memoria, como `La Traviata'.
"Tiene un gran sentido del humor y una erudición en todas las materias, que es abrumadora. Es un espléndido caricaturista, hay algunas de sus caricaturas en el Museo del Estanquillo, de Carlos Monsiváis; incluso en algún momento dijo que él podría haber sido caricaturista político, porque tiene una gran habilidad para hacerlo". "A Fuentes le gustan las comidas muy sanas, muy de verdura, pescaditos o cosas caseras", afirmó el chef del restaurante español 'La Ancha', Nino Redruello, quien recibe con frecuencia al autor de "La región más transparente". "Le encantan las lentejas, le gustan mucho los espárragos blancos también"; para beber, Fuentes suele pedir vino blanco, y de postre elige fruta. "Alguna vez le hemos puesto crema de yogur con crema de higos, pero lo que más ha pedido ha sido fruta, por ejemplo piña". Octavio Paz dijo que Fuentes es un "escritor apasionado y exagerado, ser extremoso y extremista, habitado por muchas contradicciones, espíritu exaltado en el introvertido país del medio tono y los chingaquedito, paradójico en la república de los lugares comunes, irreverente en una nación que ha convertido su historia trágica y maravillosa en un sermón laico y que ha hecho de sus héroes vivos una asamblea de estatuas de yeso y cemento". José Saramago confesó: "No soy persona que pueda ser fácilmente intimidada, muy por lo contrario, pero mis primeros contactos con Carlos Fuentes, en todo caso siempre cordiales, como era de esperar tratándose de dos personas bien educadas, no fueron fáciles, no por su culpa, sino por una especie de resistencia que me impedía aceptar con naturalidad lo que en Carlos Fuentes era naturalísimo, y que no es otra cosa que su forma de vestir. Todos sabemos que Fuentes viste bien, con elegancia y buen gusto, la camisa sin una arruga, los pantalones con la raya perfecta, pero, por ignotas razones, pensaba yo que un escritor, especialmente si pertenecía a esa parte del mundo, no debería vestir así. Gran equivocación mía. Al final, Carlos Fuentes hizo compatible la mayor exigencia crítica, el mayor rigor ético, que son los suyos, con una corbata bien elegida. No es pequeña cosa, créanme." A los 76 años, Fuentes, nunca antes había cantado un aria en público, aunque en palabras de uno de sus editores, "cantar es una de las cosas que mejor hace". La idea fue de Jorge Volpi, quien se lo sugirió luego de escuchar a Xavier Velasco "rapear" durante el diálogo intergeneracional boom- boomerang en uno de los muchos foros de la Feria Internacional del Libro. "Después de escuchar el rapeo de Xavier, Fuentes me preguntó: ¿Y ahora qué hago? Cántate un aria, le dije, y lo hizo", contó Volpi. A su vez, Xavier Velasco confesó que debía su pasión por la literatura a una conferencia de Fuentes sobre brujas y hechiceras, y el maestro le contestó "una hechicera merece un bolero de Agustín Lara, pero una bruja no." Silvia Lemus, esposa de Carlos Fuentes dijo de su cónyuge: "Mi marido es muy literario. Yo diría que me gusta su facha. Esa cabeza llena de ideas en ebullición constante. Es brillante, mundano, elegante, nervioso, memorioso, con buenas costumbres. Me gusta su voz, sus manos, su puntualidad. El que decidió casarse conmigo fue él, yo acepté. Me lo propuso de una manera muy ortodoxa. Después de oír cantar a Nancy Wilson en el María Isabel, mientras bailábamos, se retiró un poco y me dijo: "Me quiero casar contigo, tener hijos, llevarte a vivir a París". El 18 de noviembre de 1972, un año después de conocernos, nos embarcamos en el France, en Nueva York. El 22 de agosto de 1973 nació Carlitos.". Si la infancia es destino, según el aserto freudiano y título del libro del psicoanalista Santiago Ramírez, con Carlos Fuentes se comprueba, ya que al ser hijo de padres diplomáticos mexicanos, nació en Panamá, donde pasó su infancia. Luego vivió por diferentes periodos en Quito, Montevideo, Río de Janeiro, Washington, Santiago y Buenos Aires. En su adolescencia regresó a México, donde radicó hasta 1965. A partir de ese año, su vida volvió a ser itinerante, viviendo durante algunas temporadas en París y enseñando en Princeton, Harvard, Columbia y Cambridge. Los datos biográficos de sus Obras completas lo retratan como una conciencia nacionalista; sin embargo, su búsqueda de identidad de lo mexicano, por la creación de una mitología nacional, refleja asimismo una apertura multicultural. Al definirse como persona pudiera decir sobre sí mismo, ser más mexicano que cualquiera, más parisién que cualquiera, a la última moda en el vestir y al calzar, portador del último manifiesto de la izquierda cardenista y joyceano. "Con nuestra cultura de primer mundo podremos salir de nuestro tercer mundo", afirmó en la XXI edición de la Feria del Libro de Guadalajara, noviembre de 2007. Para irme con la música a otra parte, citaré un párrafo de la novela más reciente de Fuentes, "La voluntad y la fortuna": "Siboney no sabía por qué estaba en la cárcel. Él amaba la música, tanto que le trastornaba la cabeza, dijo flexionando todos los músculos, al grado de que no podía dejar de actuar lo que la música decía: - Yo soy hijo del bolero, compay.Siboney obedecía al bolero. Si la letra decía "mírame" y la mujer no lo miraba, Siboney se llenaba de santa cólera y la ahorcaba…"