miércoles, 12 de marzo de 2008

HAY MUJERES


Teresa Carreón
“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo” reflexionó Ortega y Gasset en “Meditaciones del Quijote”. Afirmaciones como la anterior, se han dejado escuchar en boca de algunas mujeres que al contrastar las condiciones de su cuerpo y sus habilidades, sus capacidades psicológicas, su carácter, ya sea que favorezcan o sean un obstáculo para sus proyectos, con las de los hombres, quedan en franca desventaja frente a ellos. Así, el sentimiento es de ser las más desiguales entre los desiguales.

Si la seguridad humana dista de ser una realidad para la inmensa mayoría de la población de América Latina y el Caribe, para las mujeres es casi una utopía. Las mujeres han sufrido históricamente discriminación y exclusión, así como el no reconocimiento de sus derechos específicos y la violencia que se ejerce contra ellas.

La persistencia de una cultura patriarcal excluye de los espacios de poder a las mujeres, obstaculizando su incidencia en el mejoramiento de sus condiciones materiales de vida y en la búsqueda de reconocimiento social y político. Lo primero se plasma en la desigual distribución de la riqueza, que convierte a las mujeres en “las más pobres de los pobres”, y lo segundo se expresa en la ausencia de políticas públicas estructurales y legislación pertinente que promueva su fortalecimiento.

Una de las condiciones para superar las desigualdades históricas basadas en la discriminación sexual consiste en el desarrollo de medidas afirmativas, como las contempladas en los diversos tratados internacionales de derechos humanos y en los planes de acción de las conferencias mundiales, que han sido firmados por la mayoría de los países de la región.

La desigualdad entre hombres y mujeres se evidencia con claridad en el acceso a las oportunidades construidas socialmente: empleo, vivienda, educación, espacios de decisión civiles y políticos, ciencia, tecnología y crédito, entre otras. En el campo laboral permanecen intocables las asignaciones de cargos de mayor poder y valoración social a los hombres. Las diferencias salariales todavía persisten.

En la actualidad, las políticas macroeconómicas, producto de la globalización de los mercados, han impactado con mayor fuerza en las mujeres. Los ajustes estructurales y la reconversión industrial han acrecentado el desempleo de femenino. El acceso a la vivienda, bien en calidad de uso o en propiedad, es restringido para ellas. El porcentaje de propietarias de vivienda o de tierra apenas supera mundialmente el 1%. En el sector rural las inequidades aumentan.

La privatización de los servicios públicos convirtió en clientes a los sujetos de derechos considerados antes como usuarios de los servicios proporcionados por los Estados. Esto ha contribuido a frenar los avances que se habían logrado en América Latina en torno a la educación, la salud, el acceso a vivienda y otros servicios públicos tales como electricidad, teléfono, etc. Estos retrocesos se traducen en un mayor nivel de inequidad para las mujeres, y entre éstas, las rurales son las más afectadas.

Los programas de ajuste estructural aplicados por los gobiernos (generalmente impuestos por las instituciones financieras internacionales), incluyen la liberalización del comercio y de las inversiones, privatizaciones, la desregulación y medidas de austeridad con recortes en las políticas sociales del Estado. Se dice que padecen “ceguera de género”.

La división sexual del trabajo ha sido, y aún es, funcional para los sistemas económicos, puesto que garantiza la oferta de mano de obra subsidiada por el trabajo de las mujeres que se hacen cargo sin costo, de la producción de bienes y servicios que de otro modo tendrían que ser provistos por el mercado o por el Estado.

La economista feminista Ingrid Palmer ha denominado “el impuesto reproductivo”, que se deriva del trabajo no remunerado que las mujeres realizan en los hogares, producto de un pacto no escrito por el que se consagró al varón como proveedor económico universal de las familias y a las mujeres como cuidadoras con lo que se evitaría el condicionamiento del acceso de las mujeres al mundo laboral.

Algunos cambios se han dado: actualmente hay más mujeres trabajando de forma remunerada, aunque al hacerlo aún no hayan conquistado su independencia económica; existe legislación en contra de la discriminación en la educación y en el empleo; hay algunas organizaciones que defienden los intereses de las mujeres; hay centros de asesoramiento para mujeres; existen sociedades de ayuda legal y de apoyo para mujeres; organizaciones sobre el SIDA; movimientos ecologistas; organizaciones de mujeres trabajadoras; grupos para los derechos reproductivos; activismo en contra de la violencia de género; mayor conciencia sobre la violencia de género, la violación y las palizas se han convertido en crímenes que se persiguen; hay mejoras en el "cuidado de día" de los niños y en los permisos por maternidad; la familia y el matrimonio se ven más como algo a repartir entre dos (en teoría, aunque no necesariamente en la práctica).

Pero frente a ello, la conciencia y el activismo feminista han sido marginados y ridiculizados constantemente desde que comenzaran a mediados de 1970, al grado de considerárseles a las militantes “feminazis"; las organizaciones de mujeres o aglutinadoras de contingentes de mujeres, han acabado en muchos casos, imitando a las instituciones jerárquicas existentes; las condiciones para las mujeres continúan deteriorándose: la dominación del hombre continúa tanto dentro como fuera de la casa; la violencia contra las mujeres persiste de modo que éstas no son capaces de moverse libremente sin miedo. La mayoría de las organizaciones son sectarias, con estructuras y líneas jerárquicas, antidemocráticas y tienden a desbaratar los intentos de avanzar colectivamente.

Hay segregación sexual en el lugar de trabajo. Las mujeres, particularmente las indígenas, están todavía en los escalones más bajos de la jerarquía, conformándose con sobrevivir.

Los Informes sobre Desarrollo Humano plantean cuatro realizaciones que hacen la vida merecedora de ser vivida: disfrutar de una vida larga y saludable, acceder al conocimiento, tener ingresos suficientes para llevar una vida digna, y ser parte activa de la comunidad. La región tiene un gran reto para los próximos años: propiciar y garantizar a todos sus ciudadanos y ciudadanas una vida digna, con equidad de género y en paz.

Joaquín Sabina nos llevará con su música a otra parte, con la canción “Hay mujeres”: Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia,/ Hay mujeres que nunca reciben postales de amor, / Hay mujeres que sueñan con trenes llenos de soldados, / Hay mujeres que dicen que sí cuando dicen que no. / Hay mujeres que bailan desnudas en cárceles de oro, / Hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad, / Hay mujeres atadas de manos y pies al olvido, / Hay mujeres que huyen perseguidas por su soledad. / Hay mujeres veneno, mujeres imán, / Hay mujeres de fuego y helado metal, / Hay mujeres consuelo, hay mujeres consuelo,/ Hay mujeres consuelo, mujeres fatal. / Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan, /Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad, / Hay mujeres que exploran secretas estancias del alma, / Hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz. / Hay mujeres envueltas en pieles sin cuerpo debajo, / Hay mujeres en cuyas caderas no se pone el sol, /Hay mujeres que van al amor como van al trabajo, / Hay mujeres capaces de hacerme perder la razón./

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