viernes, 14 de septiembre de 2012

Respeto, no tolerancia

por Héctor Torres Publicado en Septiembre 11th, 2012
La escena ocurrió hace varios años, durante la presentación de un proyecto de formación literaria. Para subrayar la importancia de la literatura y, por ende, de proyectos como el que nos reunía, el poeta Eugenio Montejo se dirigió a los presentes para advertir (las advertencias de los poetas hay que tomarlas en serio, porque pueden leer el porvenir en los hechos presentes y escuchar las voces de los objetos inanimados) que debíamos estar alertas con los intentos de cambiarnos el significado de las palabras.

Y, ciertamente, no sólo es usual que en tiempos tumultuosos como los que vivimos se intente apelar a pervertir el idioma como una forma de sumirnos en una confusión paralizante, sino que (lo cual es más grave) caigamos inconscientemente en ese juego y aceptemos usar un lenguaje que cambie el sentido de las palabras, que nos llevará, tarde o temprano, a cambiar los valores que sustentan nuestro sentido de la realidad.

Un ejemplo de confusión bienintencionada reside en la palabra “tolerancia”.

En el argot de lo políticamente correcto, en esa tendencia por evitar la confrontación, la “tolerancia” se promueve como una virtud que, si guía nuestras actuaciones de forma masiva, producirá una mejor convivencia.

Se entiende: en tiempos en que la política (la opinión política) se ejerce con la lógica de la guerra, la palabra “tolerancia” intenta desmontar la idea de que forzosamente debe haber vencedores y vencidos en toda discusión. Y, visto así, posiblemente sea útil y hasta necesaria. Pero la tolerancia, lejos de ser un ejercicio para la convivencia, termina por ser un ejercicio de sobrevivencia. Pedir tolerancia es negociar, de alguna manera, el derecho al espacio y a la existencia, cuando las opiniones y modos de ver la vida (las de todos) merecen respeto, no tolerancia.

El verbo tolerar, cuando se aplica a las relaciones interpersonales, apunta hacia dos vertientes: una que indica respeto por las opiniones ajenas, y otra que se emplea para permitir alguna práctica de forma tangencial, aceptándola ambiguamente. En el primer caso, el ejercicio de la tolerancia se sustenta en una palabra inequívoca: el respeto, que es el reconocimiento del valor de una persona. El segundo es el que pone en práctica una “autoridad” carente de tal condición, cuando se hace la vista gorda ante las irregularidades de la ciudadanía en el cumplimiento de sus deberes, con el tácito objeto de inhabilitarlos para exigir sus derechos, volviéndolos sus cómplices.

Tolera el fiscal que los carros den la vuelta en U. Tolera el supervisor pequeñas fechorías de sus subalternos. Tolera el policía que los ciudadanos incurran en faltas que están expresamente prohibidas por reglamentos y leyes. Toleran las autoridades la buhonería. Toleran las fiestas y las armas en las cárceles. Y los motorizados conduciendo sin casco. O el exceso de pasajeros en un transporte público.

Tolera el poder los abusos de sus amigos contra sus enemigos.

Tolera, permite, se hace la vista gorda… Haga un ejercicio: cambie la palabra “tolerar” por “respetar” en las oraciones anteriores. Hágalo, en cambio, para referirse a la opinión ajena. Así es, producen ideas contrarias. ¿Conclusiones? Dejemos de pedir tolerancia para exigir respeto. La primera invoca un ejercicio discrecional, opcional. El segundo es preciso, digno, rotundo, y apela a una conducta que supone reciprocidad, compromiso, verdadera convivencia.

Así nuestras palabras expresarán lo que queremos y no su contrario.

Del Blog de Héctor Torres
http://prodavinci.com/blogs/respeto-no-tolerancia/

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