sábado, 9 de julio de 2011

Hablando conmigo desde Arequipa, Perú

Ayer en cuanto llegamos a Arequipa, fuimos a una farmacia donde compre la medicina adecuada que me ha controlado la tos y el catarrín. Toso menos frecuente y desgarradoramente, aunque para dormir, tenga que ponerme una pastilla Halls en la boca para hacerlo de corrido...

Caminamos mucho (¡no veas los chamorros que me cargo!), y eso permite sacar muchas fotos de sitios, aves, perros, gatos (aunque en Arequipa no he visto ni perros ni gatos, a diferencia de Arica, Chile, donde había más que gentes), volcanes, cordilleras, nubes, cielos, neblinas, arena, mar... Me queda claro que la sorpresa puede ser infinita tratándose de la Pacha Mama. Camino a Arequipa he visto en el camino infinidad de montículos de piedra que dicen que los herederos de los Incas van poniendo en homenaje a la Pacha Mama...

Escribo a no sé quien, a nadie, a alguien que pase los ojos por esto, porque me queda claro que el sábado por la noche solo yo estaré aquí conversandome las maravillas del viaje, o como dice Diego, la vida on the road, que se pinta como si el viajero tuviera una paleta de pintor con colores de agua y tierra, que sirven para crear vestidos del piso que se camina, que a veces se confunde con el cielo y ahí es cuando uno comprende aun más a los mariguanos que han escrito canciones prodigiosas, las que siempre se han sentado al lado del camino conmigo...

Confundida aún con el acontecer de la vida, sólo existe la certeza de que a este planeta lo han meneado sismos, maremotos, rayos y centellas, mientras los poetas sacan las manos para detener a la catástrofe humana...

Sigo en mi soliloquio mientras afuera se confunden los cantos de la vida con la música, entonada como si de monjes tibetanos se tratase, emiten los tres volcanes que custodian esta antiquísima ciudad.
Sorprende ver ciudades erigidas en plenos desiertos, donde al cruzar una calle, ves correr al lado un hilo de agua cristalina, que los habitantes viven acostumbrados a juntar para algún propósito necesario. No es extraño ver gatos en los lugares donde uno nunca voltea a ver: recovecos en las paredes, arriba de las puertas, encima de un perro, abajo de una mesa o hasta en los propios pies, y cuando los volteas a ver, sin conocer tu procedencia, siempre expresaran un alegre miau y gustosos olerán la punta de los dedos si se los ofreces filialmente. Sorprende darse cuenta que los policías en Chile son muy atentos y amistosos. Raro darse cuenta lo amigables que pueden ser los argentinos. Era de esperarse que en todos lados quieran bien a los mexicanos, independientemente de donde procedan sus motivos: la música, las películas, los mariachis, Acapulco, Cancún, o ya de plano, por las telenovelas o ¡el Chapulín Colorado!
Así pues, sigo en esta cruzada personalísima que tiene como próxima meta navegar en el lago Titicaca...

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