lunes, 12 de noviembre de 2012

Texto básico para entender a Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juan Inés de la Cruz

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juan Inés de la Cruz, nació en San Miguel Nepantla el 12 de noviembre de 1651, fue una dramaturga, poeta y religiosa mexicana que destacó como una de las figuras literarias más importantes del periodo barroco. Creció principalmente entre las haciendas de Nepantla y Panoaya junto a su abuelo materno. Su prodigioso talento la hizo destacar desde pequeña, aprendiendo a leer y a escribir a los tres años y redactando su primera loa al Santísimo Sacramento en 1657. De acuerdo con datos de la Universidad del Claustro de Sor Juana, la joven pudo haberse trasladado a la Ciudad de México a los 15 años. Llegó a casa de su tía María y aprendió labores domésticas, así como sus primeras lecciones de latín, a cargo de Martín Olivas. Tiempo después ingresó a la Corte Virreinal en 1665 y un año después, el 14 de agosto, ingresó al convento de San José de Carmelitas Descalzas, abandonándolo en noviembre de ese mismo año. En 1668 ingresó al convento de San Jerónimo como novicia y un año después profesó como religiosa en este convento. Para 1680 la vida de la moja jerónima adquirió fama, ya que compuso el Arco Triunfal de Neptuno, alegórico de los virreyes recién llegados a México, los Marqueses de la Laguna. A partir de ese momento la fama y madurez la van alcanzando, además de que recibió apoyo económico para sus proyectos personales y conventuales. La buena relación que tuvo con la corte le permitió escribir y publicar parte de su obra, siendo la mayoría publicada en Madrid, en un volumen conocido como “La inundación Castálida”, en 1669. Este volumen incluye poemas que dieron a conocer a Sor Juana más que como una monja, como la poeta de la vida, del amor y los requiebros de los desamores, ganándose epítetos como “Fénix de México”. Además de su poesía, Juana escribió las obras de teatro “Los empeños de una casa” y “Amor es más laberinto”, y los textos sacramentales “El cetro de José”, “El mártir del Sacramento, San Hermenegildo” y “El divino Narciso”. De acuerdo con sus biógrafos, Sor Juana prefirió el convento al matrimonio, no obstante su escasa vocación religiosa, debido a que así pudo seguir gozando de sus aficiones intelectuales, que de otra manera vería irremediablemente interrumpidas. “Vivir sola… no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase, la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”, escribió Juana. La celda que ocupó en el convento se convirtió, de acuerdo con el portal “biografías y vidas”, en el punto de reunión de poetas e intelectuales como Carlos de Sigüenza y Góngora. Además, también llevó allí experimentos científicos, logró reunir una basta biblioteca, compuso obras musicales y escribió una obra extensa que abarca diferentes géneros, desde la poesía y el teatro, hasta ensayos filosóficos y estudios musicales. En 1690 la Décima musa escribió la “Carta Atenagórica”, en la cual replicó acerca de las finezas de Cristo, lo cual le costó un regaño y duras aseveraciones acerca de su vida religiosa. Recibió críticas y comentarios referentes a su quehacer literario que le decían que debía dejar, como las del obispo de Puebla Manuel Fernández de la Cruz, quien reconoció el talento de Sor Juana, pero recomendó que se dedicara a la vida monástica, cumpliendo con su condición de monja y que dejara la reflexión de la teología a los hombres, como era natural. Esta crítica del obispo afectó de manera profunda a Juana, por lo cual vendió su biblioteca y todo cuanto poseía y destinó las ganancias a la caridad, consagrando su vida a la religión. Un año antes de su muerte, Sor Juana Inés ratificó sus votos religiosos y para el 17 de abril de 1695, muere como consecuencia de la típica enfermedad epidémica de la época, el tifus. Fue sepultada en el coro bajo la iglesia del templo de San Jerónimo, actualmente ex templo de San Jerónimo de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue una mujer que poseía un insaciable deseo de entender todo a su alrededor y tenía la firme convicción del derecho de la mujer a participar plenamente en la investigación académica, a la educación y a la destreza intelectual. En 1700 se publican en Madrid sus obras póstumas. Ante la ausencia Divino dueño mío, si al tiempo de partirme tiene mi amante pecho alientos de quejarse, oye mis penas, mira mis males. Aliéntese el dolor, si puede lamentarse, y a la vista de perderte mi corazón exhale llanto a la tierra, quejas al aire. Apenas tus favores quisieron coronarme, dichoso más que todos, felices como nadie, cuando los gustos fueron pesares. Sin duda el ser dichoso es la culpa más grave, pues mi fortuna adversa dispone que la pague con que a mis ojos tus luces falten, ¡Ay, dura ley de ausencia! ¿quién podrá derogarte, si a donde yo no quiero me llevas, sin llevarme, con alma muerta, vivo cadáver? ¿Será de tus favores sólo el corazón cárcel por ser aun el silencio si quiero que los guarde, custodio indigno, sigilo frágil? Y puesto que me ausento, por el último vale te prometo rendido mi amor y fe constante, siempre quererte, nunca olvidarte. Detente sombra Detente, sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo. Si al imán de tus gracias, atractivo, sirve mi pecho de obediente acero, ¿para qué me enamoras lisonjero si has de burlarme luego fugitivo? Mas blasonar no puedes, satisfecho, de que triunfa de mí tu tiranía: que aunque dejas burlado el lazo estrecho que tu forma fantástica ceñía, poco importa burlar brazos y pecho si te labra prisión mi fantasía. Redondillas Hombres necios que acusáis a la mujer, sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis; si con ansia sin igual solicitáis su desdén, por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? Combatís su resistencia y luego, con gravedad, decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia. Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco, al niño que pone el coco y luego le tiene miedo. Queréis, con presunción necia, hallar a la que buscáis para prentendida, Thais, y en la posesión, Lucrecia. ¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña el espejo y siente que no esté claro? Con el favor y el desdén tenéis condición igual, quejándoos, si os tratan mal, burlándoos, si os quieren bien. Opinión, ninguna gana, pues la que más se recata, si no os admite, es ingrata, y si os admite, es liviana. Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel, a una culpáis por cruel y a otra por fácil culpáis. ¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende?, ¿si la que es ingrata ofende, y la que es fácil enfada? Mas, entre el enfado y la pena que vuestro gusto refiere, bien haya la que no os quiere y quejaos en hora buena. Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas, y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas. ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada: la que cae de rogada, o el que ruega de caído? ¿O cuál es de más culpar, aunque cualquiera mal haga; la que peca por la paga o el que paga por pecar? ¿Pues, para qué os espantáis de la culpa que tenéis? Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis. Dejad de solicitar, y después, con más razón, acusaréis la afición de la que os fuere a rogar. Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia, pues en promesa e instancia juntáis diablo, carne y mundo.

Este contenido ha sido publicado originalmente por
SINEMBARGO.MX en:
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