jueves, 27 de noviembre de 2014

¿Por qué Ayotzinapa unió a todos?

Luciano Concheiro

¿Qué hizo que la desaparición de los 43 normalistas el pasado 26 de septiembre cohesionara a la sociedad mexicana y generara, literalmente, una acción global por Ayotzinapa? ¿Por qué esta causa ha logrado conjuntar a los más diversos sectores?¿Por qué los 43 normalistas desaparecidos lograron hacer marchar a personas que jamás lo habían hecho? ¿Qué fue lo que trastocó para que personajes como Dulce María o el “Chicharito” alzaran la voz y protestaran?
Existe una primera respuesta que resulta evidente: la atrocidad de los hechos. Sin embargo, lo cierto es que nuestro país lleva hundido en la más cruenta violencia al menos ocho años. Cientos de balaceras, descabezados, encajuelados y fosas clandestinas (simplemente entre marzo del 2011 y abril del 2013 la Secretaría de Defensa encontró 198 fosas, con un total de 466 cadáveres). ¿Por qué lo sucedido en Ayotzinapa logró que el grueso de la población se unificara bajo una misma causa, que marcharan millares al unísono, que se emprendieran paros activos no solamente la UNAM y la UAM, sino El Colegio de México y la Ibero?
¿Por qué no las fosas clandestinas de San Fernando, Tamaulipas, con decenas de muertos? ¿Por qué no los setenta y cuatro cuerpos hallados en La Barca, Jalisco? ¿O los cuarenta y nueve cuerpos encontrados en una fosa cercana a Cadereyta, Nuevo León, o los doce jóvenes secuestrados en el bar Heaven? ¿Por qué no la declaración de Santiago Meza López “El Pozolero del Teo”, quien confesó haber disuelto unos trescientos cuerpos en sosa cáustica? ¿Y por qué tampoco la fosa encontrada en Tuncingo, cerca de Acapulco, con los cadáveres de dieciocho turistas michoacanos que habían sido secuestrados días antes? ¿O los treinta y cinco cuerpos arrojados en Boca del Río, Veracruz, frente a un centro comercial o los cincuenta y cinco cuerpos hallados en el tiro de Mina La Concha, en Taxco? ¿Por qué sí Ayotzinapa?  Aventuro aquí cuarto ideas que espero sirvan para comenzar a construir una respuesta.
1. 
Sin duda, el elemento central que permite explicar lo que desencadenó lo sucedido en Ayotzinapa es el hecho de que para muchos, acaso para la mayoría, “fue el Estado”. Mientras que en el resto de los casos podía ser sencillo señalar como culpable al crimen organizado, la desaparición de los 43 normalistas evidenció que la situación que vive el país es producto de una crisis sistémica. Si bien esto se había venido repitiendo una y otra vez a lo largo de los últimos años, la tragedia del 26 de septiembre lo demostró con brutal inclemencia. Ayotzinapa nos enfrentó con que, para usar las certeras palabras de José Merino, se debe “de-componer y re-componer” el sistema en su conjunto.
2.
Siendo producto de una crisis sistémica, la desaparición de los normalistas impactó a la totalidad de partidos políticos. Esto hizo que el reclamo por lo sucedido desbordara las luchas partidistas y unificara a prácticamente toda la sociedad más allá de sus posibles discrepancias. La lucha se tuvo que establecer más allá de los partidos políticos. Para decirlo en claro: hoy lo que está en juego en las calles ya no es la elección entre una opción electoral u otra, sino la reconfiguración del Estado mismo.
3.
Las víctimas fueron jóvenes estudiantes. Toda muerte desgarra, pero no hay muerte que impacte más que la de aquellos que tienen la vida por delante. Esto es aún más evidente con los jóvenes estudiantes, quienes –en principio– son una radical posibilidad de ser.
4.
A lo sucedido ese ya histórico 26 de septiembre se le sumaron una serie de eventos que hicieron que se sintiera que el PRI actual no ha cambiado, que sigue siendo el mismo de siempre –el del 68, el 71, el 88 o el 94–. El perturbante “AyotizinapaN” de los comunicados de Peña Nieto, el escándalo alrededor de la “Casa de Blanca”, la frase “Ya me cansé” del procurador Jesús Murillo Karam, el “no es momento [de hablar de Ayotzinapa] venimos a disfrutar y recibir mi premio” de Sofía Castro, hijastra del presidente, llevaron a que la indignación ciudadana creciera exponencialmente.
Hay muchas preguntas sin respuesta sobre Ayotzinapa. El primer paso es enunciarlas. Esteban Illades comenzó haciéndolo. Yo me sumo, a sabiendas que las respuestas están lejos y que, hasta ahora, la única certeza que tenemos es que Ayotzinapa es un punto de quiebre entre otras cosas porque nos unió a todos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El ABC del fuego

Juan Villoro


viernes, 14 de noviembre de 2014

El 5 de junio de 2009, 49 niños perdieron la vida y 76 resultaron heridos en un incendio en la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora. Aunque se investigó a 19 funcionarios, no hubo sanciones.
El fuego se ha convertido en sinónimo de impunidad. El 7 de noviembre el procurador Jesús Murillo Karam anunció a los medios que, con toda probabilidad, los cuerpos de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos habían ardido en una pira infernal.
Poco después, en una marcha de solidaridad con las víctimas, un reducido grupo de “anarquistas” quemó la puerta de Palacio Nacional, que en forma inexplicable no se encontraba custodiada. Sólo un general vestido de civil se opuso a los desmanes. ¿Qué hacía ahí ese miembro de las Fuerzas Armadas? Las heridas que recibió en el rostro son señas de valentía, pero sorprende su acción solitaria y encubierta.
El miércoles 12, Día del Cartero, llegó otro mensaje de lumbre: el Congreso de Guerrero fue incendiado, como antes lo habían sido el Palacio de Gobierno y oficinas de algunos partidos políticos.
¿Qué comunica esta gramática del fuego? El país arde sin control alguno. El caso de la Guardería ABC revela que la atroz negligencia de los responsables es exonerada por la negligencia de la ley. También demuestra la incapacidad de dos gobiernos, el de Felipe Calderón y el de Enrique Peña Nieto, para enfrentar tragedias. La aniquilación producida por las llamas resulta irreparable, pero el Estado tiene la obligación de remediar lo que esté a su alcance en las cenizas. En Hermosillo no se fincaron responsabilidades, no se honró a las víctimas con tres días de luto nacional, no se apoyó cabalmente a las familias ni se lanzó una campaña para prevenir casos similares. Las autoridades apostaron a que el humo se disipara sin impartir lecciones.
Quienes perpetraron los asesinatos de Ayotzinapa quisieron usar el fuego para borrar sus crímenes. Ignoraban que nada se recuerda tanto como la lumbre: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día;/ [...mas] dejará la memoria en donde ardía”, escribe Quevedo.
La respuesta judicial no ha estado a la altura de la desesperación de la gente. Llama la atención la lentitud con que se dio a conocer el fatal desenlace. El procurador Jesús Murillo Karam confirmó el 7 de noviembre lo que el padre Alejandro Solalinde había dicho el 17 de octubre. El retraso en aportar datos decisivos contribuyó al clima de angustias, y las noticias de la mansión del Presidente y su viaje a China en un momento de alarma nacional acabaron por vulnerar la imagen de un mandatario que parece ajeno a todo lo que ocurra fuera de una pantalla de televisión.
No enfrentamos hogueras encendidas por accidente o la restringida pasión de unos pirómanos. El país entero se conjuga en llamas.
¿Qué pretenden quienes queman una estación de Metrobús, la puerta de Palacio Nacional o coches en un estacionamiento? No se trata de gestos políticos directos, sino de un vandalismo que busca una reacción política. ¿A quién le conviene que la gente tenga miedo de manifestarse y que se criminalice el descontento? Las flechas apuntan a los distintos mandos del gobierno.
Unos buscan borrar sus huellas con fuego y otros inventar responsables para el fuego. Las agresiones recibidas por militantes del PRD en diversos lugares del país y la hipótesis -que otras versiones ponen en duda- de que el alcalde de Iguala encontró refugio en la casa de un empresario cercano al partido del sol azteca buscan responsabilizar a la izquierda oficiosa de todos los desastres. Este acoso no sólo es antidemocrático sino innecesario: el PRD se desprestigia solo.
Al sembrar el fuego en medio de actos pacíficos se lanza una señal: “Puede haber algo peor que lo que ya tenemos, urge que el descontento se apague junto con las llamas”. Pero el país donde la muerte tiene permiso no puede resignarse de ese modo.
El gobierno es responsable de sancionar tanto a los criminales como a los provocadores que fingen discrepancia. También es responsable de que no se fabriquen culpables de esos hechos.
En 1982 la Cineteca Nacional ardió a causa de una explosión producida por el descuidado almacenamiento de las películas. En el momento de la tragedia, se exhibía un film de Andrzej Wajda cuyo título parecía profetizar la administración de Peña Nieto: La tierra de la gran promesa.
Érase una vez un país donde se festinaban las reformas y de pronto se oía un ruidito. No era el corcho de una botella de champaña, sino la primera señal del estallido.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Hay alguien ahí?

Salvador Camarena


10.11.2014

Lo que ocurrió el sábado en el Zócalo es una metáfora puntual de nuestra crisis. Miles de personas marchan y exigen, en completa calma y plenos derechos, justicia. Pero el protagonismo es de un puñado de violentos que arremete contra Palacio Nacional, desprotegido negligentemente. Borrachos de su éxito, al verse capaces de atacar la histórica sede, pues nada ni nadie los detiene, siguen así durante largos minutos. Un centenar de trogloditas corean la ocurrencia de los violentos: “Si quieres hacer algo útil tírate como Juan Escutia”, grita la masa a un soldado que mira atónito desde la azotea los caballazos a la puerta Mariana. Ante las bombas molotov, tímidas voces dicen “No a la violencia”. La autoridad, local y federal, es un lujo ausente. Los pacíficos huyen del lugar. Y sólo en una ventana de Palacio se aprecian sombras que manotean, como dando órdenes: echen agua, espuma, resistan… instrucciones que no pudieron impedir ni mitigar la barbarie que terminará por reventar el simbólico portón. Cuando el daño está hecho, llegan algunos granaderos y en cosa de minutos retoman el control.
Incapaz de hacer estrictamente lo debido, la Policía iniciará una venganza en las calles aledañas: buscan quién pague la puerta rota, qué más da si estuvo o no en el ataque.
¿Hay alguien ahí?
La suerte quiso que esa noche me equivocara de ruta. La concentración fue citada en la PGR a las 8:00 de la noche pero, confundidos, llegamos directo al Zócalo. Con la experiencia de otras marchas, pensé que no podríamos acercarnos en el taxi hasta la plancha. El taxista bajó sin problemas por 5 de Mayo hasta la Catedral. A las 7:32 p.m. nada hacía temer una noche difícil. Ningún operativo de seguridad a la vista. Nada. La calle Madero era un hervidero de chilangos gozando su sábado. Música y comedera por doquier. Compramos un helado y enmendamos el camino. Una hora después, y un poco más allá de Insurgentes, nos topamos al fin con la marcha, era grande, ruidosa. Niños, ancianos, clasemedieros, universitarios… Pero no estaban solos. Algunos anarcos fueron reventando globos con pintura en muros y grafitearon paredes, ventanas y puestos de periódicos. Ahí estaban, a la vista de cualquiera que quisiera verlos. Los gobiernos federal y capitalino tuvieron más de una hora para preparar otro escenario, uno que incluyera aislar el Palacio. Nada hicieron.
¿Hay alguien ahí?
Desde el primer momento todo fue a mal. Las marchas no suelen emplazarse frente al Palacio. Esta llegó y se fue directo hacia allá. Pepe Merino y yo nos miramos desconcertados. Luego la vanguardia de la marcha se dirigió al asta. Ahí se leyeron los nombres de los 43 muchachos de Ayotzinapa y se conminó a no caer en provocaciones justo cuando un puñado de violentos comenzaron el asalto a Palacio. Ni la prensa estaba preparada.
¿Hay alguien ahí?
Y durante una hora en la atmósfera del Zócalo se materializó esa sensación que lleva semanas en el ambiente, esa de que todo puede pasar, esa de que estamos como en 1994, esa de que matan a un general encargado de la seguridad en Tamaulipas y nosotros como si nada, esa de que recula el gobierno en un mega proyecto y nadie sabe bien a bien por qué, esa de que el presidente Enrique Peña Nieto no comprendió que no se podía ir a China, y que menos se podía ir sin haber dado un mensaje solemne a la Nación sobre los desaparecidos, palabras donde explicara que ya entendió lo que no ha entendido desde el 26 de septiembre.
¿Hay alguien ahí?
Twitter: @SalCamarena

viernes, 7 de noviembre de 2014

Historia personal del dolor

No quería acordarme y de pronto me acordé: el dolor. La memoria del dolor es imposible porque no duele, pero aun así, no hay nada que nos defina con tanta precisión como esas quemazones interiores. Me refiero al dolor físico, aunque el dolor mental es tan duro como el que viene de lugares tangibles. Apenas escribo estas palabras tengo miedo de invocar su nombre y sentirlo una vez más en la vida. ¿Alguna vez han sentido dolor? Seguramente sí pues se trata de una sensación inherente al ser humano, de una puerta que alguna vez hemos abierto y por cuyo umbral hemos pasado.
Durante casi una vida fui un privilegiado. Sentí dolor intenso hasta que cumplí cincuenta años como consecuencia del tratamiento para librar un cáncer. Evitar el dolor ha sido uno de los objetivos de la ciencia médica. El magnífico libro de Thomas Dormandy, El peor de los males, publicado por la editorial Papeles del Tiempo, nos cuenta la historia de ese desafío.
La búsqueda de la anestesia es un capítulo central de la lucha contra el dolor. La aparición, a mediados del siglo XIX, del óxido nitroso, del éter y del cloroformo, no fue la culminación de un proceso sino el punto de partida. Podría decirse que la búsqueda del alivio al dolor no ha cambiado con el paso del tiempo.
Recuerdo sin dolor que me dolía del carajo. El médico preguntaba: del uno al diez, donde diez es lo más intenso, ¿cuánto le duele? Yo respondía: nueve. Era una chinga pavorosa. Y no vamos a ir a la paparruchada del umbral del dolor y esas sonseras: cuando duele, olvídense de umbrales.
El médico persa Abu Alí, conocido como Avicena, sostenía que toda pócima tenía una triple finalidad. En primer lugar tenía que aliviar el dolor. Además debía sosegar el alma y, por último, inducir un sueño reparador. Yo no tenía esa pócima. Después de varios años entiendo que debí fumar mariguana, pero a mí la mota me cae de peso, en serio, razón por la cual no la consideré como una sucedáneo de la pócima de Avicena.
Estoy viendo en este momento la mesa a la que me invitaron mis amigos Luis Miguel Aguilar y Juan Villoro en esos días. Muy cerca del baño, en el bar Nuevo León, pusimos a funcionar la máquina de nuestros recuerdos. Cada vez que yo iba al baño, me doblaba y, me da un poco de pena contarlo ahora, lloraba de dolor. Luego regresaba a la mesa que Juan y Luis Miguel convertían en un espacio habitable, un remanso que no olvido.
El dolor físico, nos explica Dormandy, se asocia apenas con el insomnio, la angustia, la pena, la preocupación y otros estados de ánimo. En nuestros días, este tipo de dolores y la mente se estudian a fondo, pero lo esencial se sabe desde siempre: el miedo es capaz de transformar una preocupación en una tortura.
Las molestias que se soportan con dignidad durante el día se convierten en dolores agudos durante la noche, el espacio en el cual se reorganizan los fantasmas del dolor. Los ejércitos de la noche me sitiaban en esos días tristes y yo trataba de rechazarlos con recuerdos gratos, la verdad es que muchas veces los derroté.
Desde mediados el siglo XIX existe cierta tendencia a separar el dolor físico de la angustia. No es para menos, la supresión de los dolores agudos en las operaciones quirúrgicas ha sido uno de los mayores triunfos médicos de los últimos 150 años, mientras que los avances en el tratamiento de los estados mentales como la tristeza, el miedo o la angustia, si bien han sido significativos, son mucho menos espectaculares.
Muchos de los sedantes de la antigüedad siempre serán un misterio, o por lo menos su origen siempre será controvertido. Pero hay otros que se han podido identificar. Su principio activo se sigue utilizando a diario en la práctica médica. Dos de los más antiguos, los productos derivados de la fermentación alcohólica, “los que disipan el azote de las preocupaciones”, y el jugo extraído de la amapola, “los que nos brindan felicidad y sueños sublimes” se han convertido en elementos fijos del mundo civilizado. Después de aquellos episodios de dolor bebo más. El alcohol anestesia al mundo y, al mismo tiempo, lo vuelve intenso, más interesante, aunque se trate de un sueño, ¿quién ha dicho que los sueños no son reales?
Aunque usted no lo crea, en el pasado las intervenciones quirúrgicas se realizaban sin anestesia. Incluso algunos médicos hablaban del derecho al dolor. El hombre que estableció las bases de la anestesia moderna se llamaba John Snow, nació en 1813 y fue en más de un sentido el primer anestesista y un pionero de la epidemiología.
Como en todas las historias de la investigación, la de Snow tuvo mucho de necedad y algo de suerte. En 1847, Snow pidió permiso para administrar éter a los pacientes del Saint George’s Hospital que necesitaban una extracción de muelas. Los médicos que asistieron a estas operaciones quedaron impresionados. Mientras el paciente dormía plácidamente, el cirujano trabajaba sin interrupciones y sin dolor.
Recuerdo con estupor que durante cinco meses tuve dolores intensos que iban y venían sin aviso derrotando a cajas y cajas de analgésicos. El tiempo solo sirve para conocer aquello que no pudo ser. Debí pedir anestesias intermitentes, recurrir a drogas poderosas, incluso probar la mariguana, que me sienta tan mal.
Les tengo una buena noticia: como lo sabe toda mujer que haya tenido hijos sin cesárea, o incluso con ella, el dolor se olvida. Menos mal, el recuerdo sería simplemente insoportable.
rafael.perezgay@milenio.com
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