martes, 19 de agosto de 2014

American Curios

Helguera
Cadenas

David Brooks

“Lo único que queremos es quitarnos las cadenas/Lo que único que queremos es ser libres, canta el rapero J. Cole. Mensaje común y ambiguo en la música popular desde siempre, pero esta vez tiene un contexto muy particular: otro joven afroestadunidense baleado por policías en el mero centro de este país.
La canción fue la primera sobre el incidente en Ferguson, Misuri, en generar atención masiva, pero para la comunidad hip-hop estos incidentes son personales y demasiado comunes. ¿Me puedes decir por qué cada vez que salgo tengo que ver negros morir?, canta J.Cole.https://soundcloud.com/dreamvillerecor ds/j-cole-be-free/s-3J4jW
Las escenas en los días después de que Michael Brown, afroestadunidense de 18 años, cayó muerto por balas de un policía blanco local en la calle en su pueblo, un tipo de suburbio de San Luis, Misuri, dieron la vuelta al mundo y fueron calificadas por reporteros y hasta militares veteranos como zona de guerra.
Las expresiones de ira de ese pueblo por la muerte de uno de sus hijos fueron confrontadas por la policía local que, con equipo militar, apuntó ametralladoras y rifles de asalto M-16 a jóvenes y hasta a niños, lanzó gas lacrimógeno en tanquetas blindadas y disparó balas de goma contra cientos de ciudadanos afroestadunidenses e incluso contra periodistas.
Desde que se declaró la guerra contra el terrorismo y las fuerzas policiacas del país fueron bautizadas como la primera línea en ese frente, se traslada cada vez más equipo militar a estas fuerzas locales. Con ello, se vuelven de cierta manera tropas de ocupación de sus propios pueblos.
Eso, combinado con las secuelas de más de un siglo de segregación racial en la región de Ferguson, nutrió las tensiones: la fuerza policiaca de Ferguson, pueblo predominantemente afroestadunidense, es 95 por ciento blanca.
El incidente en Ferguson no fue inusual. Esa misma semana otro afroestadunidense desarmado fue ultimado a tiros por un policía en Los Ángeles; dos semanas antes otro fue ahorcado por un policía cuando lo arrestaban por vender cigarros sueltos en Nueva York. La lista de víctimas reciente es larga y la histórica es incontable.
Lo que ocurrió en Ferguson una vez más reveló algo debajo de la superficie del país que afirma ser faro de la libertad y la justicia: la violencia institucional y sistémica, que tiene una expresión racial muy particular.
Ser afroestadunidense en Estados Unidos es vivir en peligro. “Hay más afroestadunidenses sometidos al control del sistema correccional hoy día –en prisión, libertad condicional o bajo fianza– que los esclavizados en 1850”, comenta la jurista académica Michelle Alexander, autora del extraordinario libroThe New Jim Crow, sobre la encarcelación masiva y el racismo institucional.
Aunque los afroestadunidenses son sólo 12 por ciento de la población nacional, es seis veces más probable que un negro acabe encarcelado que un blanco. Por cada dos blancos presos hay 11 negros presos en este país; las condenas aplicadas a afroestadunidenses son 20 por ciento más largas que para blancos acusados de delitos similares. Si la tasa de encarcelación continúa subiendo al mismo ritmo que durante los últimos 30 años, uno de cada tres hombres negros estará en la cárcel en algún momento de su vida (comparado con uno de cada 17 blancos). Casi 6 millones de estadunidenses tienen anulado su derecho al voto de por vida, después de estar encarcelados por un delito: 2 millones 200 mil son afroestadunidenses (cifras del Sentencing Project).
En entrevista reciente con Bill Moyers, Alexander agregó: “hemos creado un sistema de encarcelación masiva, un sistema penal sin precedente en la historia del mundo. Tenemos la tasa de encarcelación más alta del mundo… Y la mayor parte del incremento en encarcelación ha sido entre la gente de color empobrecida…” Subraya que esto es en gran medida resultado de la llamada guerra contra las drogas, que más bien ha sido contra los pobres y las minorías. Indicó que aunque los negros son sólo 13 por ciento de los que usan drogas ilícitas, son 36 por ciento de los arrestados por droga y 46 por ciento de los condenados a penas de cárcel. Según el Sentencing Project, más de 60 por ciento de la población encarcelada pertenece a minorías raciales o étnicas.
Más allá del sistema de justicia, la violencia del racismo se expresa en casi todos los ámbitos de la vida social. Por ejemplo, en el sistema escolar, los afroestadunidenses suelen estar en escuelas inferiores con menos recursos que sufren de una elevada tasa de abandono. Para los hombres negros hay más probabilidad de que pasen un tiempo encarcelados que de graduarse de una universidad.
En el ámbito socioeconómico, el índice de pobreza supera 50 por ciento en muchos barrios urbanos afroestadunidenses; la expectativa de vida para negros pobres en Washington, la capital del país, según algunos estudios, es menor a la de Gaza o Haití; la tasa de desempleo alcanza a ser más que el doble de los blancos (la tasa de desempleo de blancos es de 5.3 por ciento, y la de afroestadunidenses es de 11.4 por ciento).
Existir como afroestadunidense de clase obrera es ser vulnerable; vivir en una área pobre y negra simplemente te deja como colateral, afirma el columnista Gary Younge en The Guardian. Cita a un experto sobre la condición de la comunidad afroestadunidense que declara: por las cifras, por todos los datos oficiales, aquí en la confluencia de historia, del racismo, de la pobreza, de poder económico, esto es lo que valemos: nada.
Con cada vida de un negro que perdemos, acabamos diciendo lo mismo. Exigimos que nuestra humanidad sea reconocida. Oramos por las vidas de nuestros jóvenes. Les recordamos a todos nuestra historia. Y después muere otro afroestadunidense, escribió Mychal Denzel Smith en The Nation. Concluye:el silencio no es opción, pero las palabras no son suficientes.
Pedir calma y paciencia ante la ira de Ferguson –como ha hecho la cúpula política– son sólo palabras que por ahora no han logrado romper las cadenas que siguen arrastrando a este país.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Gaza y antisemitismo por Pedro Miguel

No  faltan, entre las expresiones de horror e indignación por lo que sucede en Gaza, las acusaciones y los insultos en contra de los judíos en general. Lo más triste es que con frecuencia tales expresiones provienen de personas que se dicen de izquierda y que al obrar de esa manera se situán, por ignorancia o por mala fe, no en el bando de la solidaridad con los palestinos, sino en los rescoldos del Santo Oficio. Y es que en las sociedades de matriz cultural predominantemente cristiana –es decir, en Occidente– la que enseñó a odiar a los judíos no fue Hamas ni los árabes ni los islámicos sino la iglesia –católica y ortodoxa, para empezar– que forjó parte de su identidad con base en una judeofobia arcaica y calumniosa.
Pero los símbolos son muy poderosos y sirven por igual a los antisemitas que a los criminales que gobiernan en Israel: cuando los segundos mandan aviones decorados con la Estrella de David a descuartizar a niños inermes, en algún lugar de la cabeza de los segundos se activa el viejo libelo de sangre según el cual los judíos secuestraban a infantes goyim para sacrificarlos en sus rituales del sabath. Y cuando Netanyahu y su caterva escuchan a sus detractores recitar la impresentable consigna judíos asesinos, se frotan las manos de gusto porque han logrado desvirtuar la empatía humana hacia los palestinos masacrados y convertirla en una fobia racista y ancestral que los justifica y refuerza el sitial que se han arrogado de representantes por excelencia de las colectividades hebreas de Israel y del mundo, como si tales colectividades fueran una cosa homogénea, monolítica y, lo peor, asesina.
El asesino es el Estado de Israel, no los judíos. Raphael Lemkin, el hombre que acuñó el término y el concepto de genocidio, lo definía así a mediados del siglo pasado: la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento. De 1948 a la fecha, en la vieja Palestina se suceden casi siete décadas de ocupación militar, cientos de miles de árabes asesinados y de casas palestinas demolidas, cerca de cinco millones de refugiados, miles de prisioneros –muchos de ellos, encarcelados largos años sin ninguna clase de proceso legal– y el ejercicio de una limpieza étnica que incluye la negación sistemática a los árabes de adquirir tierras y construir viviendas, en tanto que a los judíos el Estado les concede terrenos gratuitos y servicios subsidiados; por lo demás, la ocupación de Cisjordania y el cerco a Gaza incluye con frecuencia la negación a los pobladores palestinos de agua y electricidad, así como la imposibilidad de desplazarse y, con ello la negación fáctica de educación, trabajo, servicios médicos, comercio o visitas familiares.
El episodio más reciente está escrito con miles de toneladas de bombas arrojadas desde aviones, helicópteros, embarcaciones y tanques sobre un territorio diminuto y sobrepoblado al que, en cosa de semanas, se le ha asesinado a uno de cada 900 habitantes, o así: es como si todas las muertes provocadas en México por el gobierno de Felipe Calderón hubieran ocurrido no en seis años sino en un mes.
Con estos datos a la mano se requiere de mucha mala entraña para negar que lo experimentado por el pueblo palestino cuadra a la perfección con la definición de genocidio enunciada por Lemkin, y de una dosis adicional de perversidad o de ignorancia para descartar cualquier crítica al régimen israelí con el argumento de que es, en automático, una expresión de antisemitismo. Tachar de judeofobia la justa indignación internacional contra el régimen israelí es hacerse cómplice de una distorsión fascista de la verdad. ¿Palabras fuertes? Sí, sin duda. Pero quienes alertaron en fecha temprana de que el germen del fascismo se incubaba en el Estado de Israel no fueron precisamente antisemitas, sino judíos como Albert Einstein, Hanna Arendt, Isidore Abramowitz, Herman Eisen, Ruth Sager, Irma Wolfe y otros (http://is.gd/StZwSx).
El régimen israelí arguye que si los civiles palestinos se están muriendo por centenares la culpa es de Hamas por usarlos como escudos humanos. Cierto o no (habría que ver cómo puede desarrollarse una resistencia nacional lejos de los civiles en un territorio de 150 kilómetros cuadrados, una décima parte del Distrito Federal, sometido a un férreo bloqueo por aire, mar y tierra, y saturado de gente). Es precisamente eso, en todo caso, lo que han hecho por décadas Netanyahu y sus compinches (y antes que él, Ariel Sharon, y antes, Yitzhak Shamir, y antes, Menajem Begin) con las juderías de Israel y del mundo: pretender que perpetran en representación de ellas un genocidio tan repugnante como cualquier otro y usarlas, en consecuencia, como parapeto para defender su impunidad. El deslinde entre el judaísmo y los gobernantes genocidas de Israel es, hoy, más pertinente que nunca.
Twitter: @Navegaciones